El mundo transcurría ante los ojos anaranjados del rey, fuera de su alcance. Sabía que el exterior estaba lleno de peligros, pero también era desconocido; excitante. Debía permanecer en la fortaleza por su sporio bien y por el de sus súbditos. Pero cada vez que un Cantor pasaba volando, su corazón daba un vuelco y el deseo de explorar se apoderaba de él.