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16 ene 2019

Crónicas Michosas 6



Portada hecha por @ArtByVal.


Gigantes 1

Helena y Víctor se despertaron alrededor de las ocho y media, pero sus respectivos celulares reclamaron su atención hasta pasadas las nueve, hora en la que el hambre los apremió a salir de la cama.
—Entonces, ¿iremos por los materiales para arreglar la cerca? —preguntó Víctor desde la cocina mientras preparaba café.
—Sí —contestó Helena acercándose a la ventana del jardín trasero y viendo a través de ella—, y por las cosas para el jardín.
—Haz la lista de lo que necesitamos —dijo Víctor— mientras yo preparo el almuerzo, ¿sí?
—Sí, Amor.
Helena fue por la libreta y el lápiz que siempre estaban sobre la mesita de la sala. Sólo encontró la libreta.
—Dama —le dijo a la gata al verla pasar— ¿has visto mi lápiz?
El esponjoso animal le dedicó una mirada confusa, luego trotó con elegancia hasta una de las ventanas. No se veía ni rastro de Sombra. Al pensar en la traviesa gatita negra, Helena suspiró con resignación y se agachó frente a la mesita. Metió una mano bajo el mueble cuadrado, donde sus dedos encontraron algo. Tomó el objeto y se puso en pie; era el lápiz, o lo que quedaba de él. Sombra tenía la manía de masticar lápices y pinceles de madera. No los comía, sólo se entretenía masticándolos. El pobre lápiz que Helena tenía en la mano estaba roído, y algo húmedo. Terminó tirando el lápiz a la basura; sacó otro del cajón de su escritorio. Se acomodó en la sala para comenzar a escribir la lista.
—Aquí tienes, Cariño —Víctor le dejó una taza de café recién hecho sobre la mesita, luego le plantó un beso en la frente y regresó a la cocina para preparar el almuerzo. Al parecer haría un omelet.
—Gracias, Amor.
Helena se llenó los pulmones con el cálido y aromático vapor que se desprendía de la taza. Bebió y comenzó a escribir. 

Michas 1

Las fronteras estaban seguras… de momento. El Gigante macho estaba en Ciudada Vianda preparando alimentos, mientras que la Gigante estaba en Ciudad Almohada, bebiendo un líquido caliente y amargo al tiempo que anotaba algo en una libreta. Feliria también estaba en Ciudad Almohada, vigilando la brecha en la frontera. Era todo lo que podía hacer hasta que los Gigantes estuvieran listos para salir. Intentó que Pantera le ayudara a vigilar, pero estaba muy ocupada en Ciudad Gigante buscando un cebo  que pudieran usar para tenderle una trampa al Bárbaro; lo que sea que eso significase.


    «A los Bárbaros —pensó Pantera, mientras caminaba por Ciudad Gigante—, les gusta mucho masticar pies falsos de Gigante. Y mientras más viejos y apestosos, mejor».
Olfateó unos cuantos pies falsos de la Gigante, pues era la que tenía más, pero el olor era mínimo y pocos eran viejos. Decidió probar los del Gigante, él tenía muy pocos pero con suerte encontraría algo útil.
Primero olfateó unos que eran poco más que una suela con correas; al parecer su función se limitaba a evitar que los pies de los Gigantes tocaran el suelo. Éstos eran algo viejos, pero no muy olorosos.
Luego probó con unos pies falsos de color negro. No eran muy viejos y tenían cierto olor, pero por dentro tenían un polvo blanco que ocultaba la fetidez. Por último se acercó a unos blancos. Había visto al Gigante macho usarlos para salir a correr fuera del reino, después de lo cual regresaba todo mojado; una cosa muy extraña, ya que nunca estaba lloviendo cuando salía. Olfateó con despreocupación y se arrepintió al momento. Aquellos pies falsos despedían una peste agria y espesa. El tufo estaba enmascarado por una abundante cantidad del polvo blanco, pero tales métodos de encubrimiento no funcionaban con sus sentidos felinos.
—Esto le encantará a ese sucio Bárbaro —dijo reprimiendo una arcada.

Gigantes 2

—Anoche —comentó Víctor mientras cortaba un trozo de su omelet con el tenedor— las michas estuvieron muy inquietas.
—¡Cuándo no están inquietas esas dos! —rio Helena, luego probó un bocado de su omelet—. ¡Mmm, que bueno está!
—Gracias, Amor.
Se lanzaron besitos.
—Pero es cierto —admitió Helena— que estuvieron más inquietas de lo normal. ¡Tiraron el bote de la ropa sucia!
—¿Sí?
—Así es —corroboró la mujer—. Lo recogí antes de que te levantaras.
—Bueno, eso explica porqué soñé con una torre que se desplomaba. También terminé con el pie en una trampa para osos.
—Ja, ja, ja. En mi sueño estábamos tu y yo en la alberca, y por alguna razón el bote de la ropa sucia estaba en una orilla. Entonces llegaban las michas y lo tiraban al agua.
—Ja, ja ja. ¿Y luego qué pasó? —quiso saber Víctor.
—Pues primero me enojé porque iba a lavar esa ropa, pero ahora estaba toda regada en la alberca. Y luego me enojé más porque había ropa sucia en el agua.
—¿Qué estaba haciendo yo? —preguntó Víctor entre bocados.
—Comenzaste a regañarlas y luego las llevaste hasta la lavadora porque las ibas a castigar haciéndolas lavar la ropa. Y les estabas enseñando cómo usarla.
—Ja, ja, ja.
—Luego, por alguna razón, yo tenía un tallador de ropa, ya sabes, una de esas tablas que tiene una parte rugosa de metal y que se usa para lavar la ropa.
—Ah, sí, ya sé cuales.
—Bueno, tenía uno de esos y estaba tallando la ropa en los escalones. Después ya no me acuerdo qué pasaba. ¿Cómo fue lo de la torre en tu sueño?
—¿Te acuerdas que estoy leyendo un libro de fantasía?
—Sí.
—Bueno, siempre leo un poco antes de dormir. Y ayer se quedó muy emocionante el capítulo. El prota estaba en un bosque buscando una torre donde había un arco mágico… Pero eso no importa ahora. Soñé que estaba en ese bosque buscando la torre, pero mientras caminaba pisé una trampa para osos.
—Probablemente una de las michas te mordio un pie.
—Eso creo. Pero bueno, estaba atrapado y no sabía cómo zafarme. Y si no encontraba la torre antes de la noche, iba a desaparecer o algo así. Entonces dos dragones pasaron volando, los seguí con la mirada y se fueron a parar a la torre que yo estaba buscando. Estaba cerca, pero no la había visto debido a los árboles.
—¿Y luego qué pasó?
—Los dragones se pelearon sobre la torre y terminaron derribándola sobre mí.
—¿Y qué hiciste?
—Pues nada. Tenía un pie en la trampa para osos y la torre me aplastó. Me desperté del susto y saqué a las michas del cuarto.
Continuaron almorzando mientras intentaban recordar algún otro detalle de sus respectivos sueños. Luego se prepararon para ir a comprar las cosas. En la puerta de salida los esperaban las gatitas. Dama estaba sentada en una postura muy digna y elegante; Sombra, por su parte, caminaba de un lado a otro con impaciencia; comenzó a maullar cuando los vio acercarse. Víctor abrió la puerta con cuidado de no dejarlas salir, Helena salió tras él.
—Todavía no es hora de salir —dijo Helena a las gatitas—. Esperen un rato más.
Dama la miró con expresión confundida. Sombra intentaba salir apretando su pequeño cuerpo contra la puerta entreabierta.
—¡Ay, qué michosas son! —dijo Helena—. Volvemos en un rato, chicas. No destruyan la casa.

Michas 2

La puerta se cerró tras la Gigante. Estaban solas en Ciudad Almohada.
—¡Por qué no nos dejaron salir! —maulló Pantera mientras rascaba la puerta. Feliria se dirigió a uno de los huecos sellados con agua sólida y observó lo que hacían los Gigantes afuera.
—Están subiendo a su Caja de Patas Redondas —le informó a Pantera, quien al parecer no la escuchó por estar rascando la puerta.
La reina se dijo que seguramente habían ido a conseguir comida o algo así. Como no había otra cosa que hacer más que esperara, se dirigió al poste que los Gigantes le habían dado para rascar. Lo usó para estirarse, y luego subió de un salto a la camita acojinada que descansaba sobre el poste. No llegó a quedarse dormida, principalmente debido a que Pantera seguía rascando con insistencia la puerta, pero sí logró dormitar mientras esperaba. Al final Pantera se rindió y fue a jugar con el ratón falso de colores brillantes.

Gigantes 3

Cuando volvieron, Sombra estaba dormida en el sillón, abrazando su ratón de juguete entre las patitas. Dama era una bolita peluda en la cama del poste de rascar.
—¿Qué pasó? —preguntó Helena divertida— ¿Ya no quieren salir al jardín, o estaban descansando para poder jugar más tiempo entre las plantas?
La respuesta de Pantera fue abrir un poco uno de sus ojitos verdes para después volverlo a cerrar. Dama bostezó, se bajó de un salto de su camita y usó el poste de rascar para desperezarse.
—Vamos, chicas —le dijo a las gatitas y se dirigió a la puerta que daba al jardín trasero.
En un brazo llevaba unas bolsas con lo que había comprado para el jardín. Con el brazo libre abrió la puerta y salió. Dejó abierto para que las gatitas pudieran salir si querían. Víctor se había quedado bajando las cosas más voluminosas que iba a necesitar para reparar la cerca.
A la pareja no le gustaba dejar que sus gatitas salieran de la propiedad. Era peligroso para los gatos salir a la calle, aunque tuvieran collar. Les podía pasar cualquier cosa. Sin embargo, tampoco les gustaba tenerlas encerradas todo el tiempo. Un día vieron en internet una forma de cercar el jardín para evitar que los gatos pudieran salir. En cuanto pudieron la implementaron, y desde entonces dejaban salir a las gatitas al jardín. Aunque sólo cuando estaban ellos presentes. No les terminaba de gustar la ide de dejarlas salir mientras no estaban.
Helena colocó una toalla pequeña sobre la tierra frente a un grupo de macetas y se arrodilló sobre ella. Llevaba sus pantalones de jardinería, unos viejos pantalones de mezclilla, pero aún así prefería mancharse lo menos posible. Colocó las bolsas por un lado y comenzó a revisar sus plantas. Estaba segura que en cualquier momento aparecerían las traviesas gatitas jugando entre las flores.

Michas 3

Feliria comió unos cuantos bocados de su platito, bebió algo de agua, y luego siguió a la Gigante hasta el Valle. Cuando iba de salida vio como Pantera se desperezaba sobre la caja mullida donde había estado dormida.

Pantera vio a Feliria salir hacia el Valle. Siempre salían al Valle, pero podían ir a la Llanura (el jardín frontal) a través de un paso angosto que terminaba en una puerta enrejada. Los Gigantes necesitaban abrir la puerta para pasar, pero ellas podías cruzar a través de las rejas. La brecha en la frontera estaba en la Llanura, y ese era el objetivo de Pantera. Bajó de la caja mullida de un salto y se dirigió a Ciudad Gigante, una vez ahí buscó los pies falsos. Tomó uno de los blancos y salió al Valle.
Había mucha luz, todo brillaba con colores tentadores, y Pantera sentía la necesidad de correr por el pasto y acechar entre las flores…, pero tenía una misión. Podría relajarse más tarde, cuando el Bárbaro hubiera recibido su merecido. En su camino hacia el Paso entre el Valle y la Llanura, Pantera vio a Feliria sentada junto a la Gigante, la cual estaba haciendo algo con unas flores portátiles.
Llegó al Paso y se metió en él. Cruzó hasta la puerta enrejada sin problemas, pero entonces se topó con un contratiempo: el pie falso del Gigante no cabía entre las rejas. Tenía dos opciones. Uno, esperar a que los gigantes abrieran la reja; o dos, intentar forzar el pie falso a través de las rejas.
La opción más prudente parecía ser esperar, de modo que Pantera se sentó sobre sus cuartos traseros. Esperó durante casi cinco segundos completos antes de tomar el pie falso y comenzar a empujarlo vigorosamente entre las rejas.

Feliria observó durante un rato como la Gigante manipulaba las flores portátiles. Parecía estar evaluando su estado de salud y desarrollo. En algunas aplicó algo que parecía tierra pero que no olía como tierra. Todas las que recibieron este tratamiento estaban menos desarrolladas que las demás, así que Feliria concluyó que esa tierra olorosa era algún tipo de comida especial para hacerlas crecer.
Después de un rato decidió que ya se había entretenido mucho tiempo observando a la Gigante, de modo que encaminó sus elegantes pasos hacia la Llanura. Dentro del Paso encontró a Pantera haciendo, por supuesto, algo impropio de una dama.
—¿Qué se supone que intentas? —preguntó Feliria con desaprobación. Ya había dejado atrás el enojarse con Pantera por sus disparatadas ideas. Ahora simplemente se dedicaba a juzgarla en silencio mientras la veía llevar a cabo sus extraños planes.
Pantera tenía en el hocico un pie falso de Gigante y estaba intentando cruzar entre las rejas, pero el pie falso se atoraba cada vez. La gatita negra se detuvo cuando oyó a Feliria, dejando caer el objeto blanco.
—Éste —puso una patita sobre la cosa— es el cebo para el  Bárbaro. Los Bárbaros no pueden resistirse a morder un pie falso de Gigante. Lo llevaré —explicó con orgullo— cerca de la frontera y prepararé una emboscada.
—¿Y cómo va ese plan? —se burló Feliria.
—Pues todo iba bien hasta que llegué a la puerta del Paso. No logro que el pie falso pase las rejas.
Tomó el objeto con el hocico y demostró lo que acababa de decir.
—Tal vez —dijo Feliria conteniendo la risa— sería más fácil si intentas pasarlo paralelo a las rejas y no de forma perpendicular.
—Perpen… ¿Qué?
—No se porqué me esfuerzo —suspiró Feliria—. Observa —Se acercó para tomar el pie falso, pero la fetidez que despedía la hizo reconsiderarlo—. No —dio un par de pasos atrás y se sentó—. Mejor te doy instrucciones, ¿de acuerdo?
—¿Esto va a funcionar?
—Te lo garantizo.
Pantera entrecerró sus ojos verdes con desconfianza.
—Espero que no sea como aquella vez que se nos terminó el agua del recipiente y me dijiste que en Ciudad Lluvia había un enorme recipiente blanco con agua infinita.
—Era verdad —dijo Feliria, esta vez apenas podía contener la risa.
—¡Era la caja de arena de los Gigantes! ¡Y me engañaste para que bebiera de ella como si fuera un Bárbaro cualquiera!
—Ja, ja, ja, ja, ja. No puedo creer que cayeras en eso.
—Eres muy poco noble para alguien que se hace llamar reina —gruñó Pantera.
—Puede ser —dijo Feliria, sintiendo su alegría enfriarse ante aquel comentario—. Pero hago lo que creo necesario para proteger mi reino. Además, al principio no me agradabas.
—¿Y ahora te agrado? —inquirió Pantera, aún desconfiada.
—No. Pero tampoco me desagradas.  Además —añadió—, el Bárbaro es nuestro enemigo común. Te ayudaré en cualquier cosa que tenga que ver con deshacerse de él.
—Está bien, supongo. ¿Qué hago?
—Toma el pie falso.
Pantera obedeció. Usó su hocico para levantar el pie falso por la mitad.
—Así no. Tomalo por una de las puntas.
Pantera obedeció.
—Ef buy bifífil… —Soltó el pie falso—. Es muy difícil cargarlo así.
—No lo cargues, arrástralo.
Así lo hizo. Caminó en reversa pasando primero su cuerpo entre las rejas; el pie falso pasó sin problemas tras ella. Feliria se unió a Pantera al otro lado de la  puerta enrejada, atravesandola con elegancia.
—¿Ahora qué sigue en tu plan? —quiso saber Feliria.
—Pues llevamos el pie falso cerca del hoyo, nos ponemos al acecho y esperamos a que el Bárbaro llegue. Entonces le caemos encima y le enseñamos una lección.
—Suena bien —comentó Feliria, su voz sin una pizca de burla—. Pero no creo que al Gigante le haga gracia ver su pie falso tirado en la Llanura.
—¿Qué?
—Por allá.
Feliria señaló hacia la frontera. Cerca del hoyo se encontraba el Gigante, tenía máquinas desconocidas y parecía estar trabajando con ellas.
—Hmm… Supongo que tienes razón.
—¿Ahora qué?
Pantera pensó por unos momentos.
—¡Ya sé!
—¿Sí?
—Tú lo distraes —dijo Pantera— mientras yo me encargo del Bárbaro.
No era tan mala idea. La verdad era que Feliria tenía muy poca fé en el plan de Pantera, y prefería buscar una forma de tapar la brecha. Esta era una oportunidad perfecta para dejar que Pantera jugueteara sola mientras ella hacía el trabajo que de verdad se necesitaba.
—De acuerdo, yo distraigo al  Gigante.
—Bien. Ve tu primero, luego, cuando esté distraído, me acerco y pongo su pie falso cerca del hoyo.
Feliria asintió y dirigió sus pasos hacia el Gigante.

Gigantes 4

Víctor tenía sobre el banco de trabajo la tabla que iba a cortar, y la cierra caladora que usaría. Se descolgó la cinta métrica del cinturón y comenzó a medir y marcar la tabla. De pronto Dama se subió de un salto al banco de trabajo.
—Hola, Dama —rascó a la gata bajo la barbilla—. ¿Dónde dejaste a Sombra? —preguntó mientras volvía a trabajar en la tabla. La gata, como siempre, ignoró la pregunta. Parecía muy interesada en la sierra caladora. Observaba la herramienta con una mezcla de interés y respeto. La gata había conocido el terror de los aparatos eléctricos cuando, después de haberla bañado por primera vez, intentaron secarla con una secadora de cabello. La experiencia no le gustó ni un pelo, y aunque había terminado por acostumbrarse a la secadora, también aprendió que todo lo que tenía cable era propenso a hacer ruidos fuertes o movimientos repentinos.
Víctor vio de reojo cómo Dama golpeaba la herramienta con una de sus peludas patitas, para ver si estaba “despierta”. La caladora, por supuesto, tenía el seguro colocado, además Víctor sólo la conectaba al momento de usarla.
La peluda gata siamesa enfrentaba lo desconocido con su habitual actitud valiente pero precavida. Sonrió al ver como se acercaba con cautela a la sierra. Cuando Dama estuvo suficientemente cera comenzó a olfatear la herramienta; al mismo tiempo, Víctor extendió la cinta métrica para seguir trabajando.  El súbito ruido asustó a Dama, quien tupió a la sierra caladora de golpecitos para después saltar lejos de ella.

Michas 4

Al Gigante se encontraba junto a  la abertura, pero la excelente distracción creada por Feliria abrió una oportunidad para Pantera. La gatita negra tomó el pie falso y se movió hacia su objetivo, manteniéndose en el punto ciego del Gigante.
Colocó el cebo a unos cuatro pasos (pasos gatunos, no gigantes) de la abertura, luego se escondió tras una flor portátil que estaba cerca. De  pronto, un olor extraño asaltó la nariz de Pantera. Bajo el fragante aroma de la flor portatil había un hedor rancio. Era una fetidez vagamente familiar... ¡Orina de Marcado! Era la misma flor que el pernicioso Barbaro había osado ultrajar. El odio dentro de Pantera se avivó y estuvo tentada a salir corriendo por el hoyo en busca del Bárbaro, pero se obligó a continuar acechando tras la flor portátil.

El corazón de Feliria latía desbocado después de su encuentro con la misteriosa máquina del Gigante. Sus instintos la apremiaban a huir, pero ella estaba determinada a desentrañar los misterios de aquellos extraños gatos bípedos y sus creaciones.
Le tomó un par de minutos, pero al final reunió valor suficiente para subir a la mesa de nuevo. El Gigante estaba arañando una tabla usando lo que parecía ser una garra artificial hecha de madera, la cual dejaba marcas grises en lugar de herir la tabla. El singular objeto extensible que había asustado a Feliria estaba desatendido sobre la mesa, de modo que la gatita se aproximó para investigarlo.
Acercó una patita con cautela y tocó el objeto durante menos de un segundo antes de apartarla a toda prisa; la cosa no reaccionó. Feliria repitió la operación un par de veces más para asegurarse de que el aparato no se estaba haciendo el muerto. Una vez un ratón se le había escapado usando ese truco, y desde entonces siempre investigaba a sus presas hasta cerciorarse que estaban muertas. Hasta donde sabía, las máquinas de los gigantes no eran seres vivos, pero no estaba segura y, por lo tanto, tomaba todas las medidas de seguridad posibles.
El objeto extensible se había ido moviendo hacia la orilla de la mesa con cada golpe de su patita y el último intento por ver se estaba vivo lo arrojó al suelo. Aún después de la caída se mantuvo inerte. Al ver eso, Feliria concluyó que era uno de esos artefactos que sólo los Gigantes pueden activar.

Gigantes 5

Victor oyó que algo golpeaba el suelo junto a él. Se volvió y encontró la cinta de medir junto a sus piés. Dama observaba el objeto como esperando que reaccionara de alguna manera.
—Que micha tan traviesa —le dijo al tiempo que se agachaba y recogía la cinta—. ¿Quieres ver cómo funciona?
Victor sostuvo la cinta frente a la gata con una mano y, muy despacio, la extendió usando la otra. Dama contempló aquello y extendió una patita hacia la cinta. Él soltó de improviso la punta de la cinta y esta se retrajo al momento. La gata retiró su patita pero esta vez no saltó de la mesa.
—La micha valiente —dijo Víctor acariciando la barbilla de Dama.
La gata lo ignoró, aún tenía sus ojos clavados en la cinta. Víctor le acercó el instrumento de medición y ella comenzó a intentar tomar la punta de la cinta con una patita.
—Toma —Puso la cinta sobre la mesa— cuídala mientras hago algunos cálculos.

Michas 5

Pantera esperaba tras la flor portátil. Usualmente se distraía con facilidad, pero cuando acechaba podía permanecer inmóvil por largos periodos de tiempo. Y en esta ocasión estaba determinada a permanecer en su puesto hasta que apareciera el Bárbaro.
Feliria estaba haciendo un excelente trabajo distrayendo al gigante. Al principio la vio jugar con uno de los artefactos hasta tirarlo de la mesa, luego investigó de nuevo la mágica grande y ahora estaba concentrada en la alargada garra falsa de madera. Quedaba poco tiempo antes de que Feliria se quedara sin distracciones y no se veía al Bárbaro por ningún lado. Si la situación continuaba así, Pantera se vería obligada a salir del reino para buscarlo.
No había salido del reino desde que los gigantes la encontraron.  Eso había sucedido hacía muchas lunas, pero estaba segura de que aún podía arreglárselas bastante bien en el mundo externo.


En lo indómito

Tapón era parte de la raza de los perros, llamados Bárbaros por los Aristócratas. Era un mote que les gustaba, pues eran enormes, fornidos y feroces. Tapón, sin embargo, era un tipo de perro pequeño; de hecho era más pequeño que muchos Aristócratas. Pero todo lo que a Tapón le faltaba en tamaño lo compensaba con ferocidad.
Mientras caminaba, sus uñas repiqueteaban enérgicamente contra el suelo artificial construido por los Protectores. Aquel duro suelo gris se sentía caliente bajo las almohadillas de sus patas, pero a él no le importaba, pues tenía una misión que cumplir. Hacía unos cuantos días el rey le había dicho que ya era hora de expandir sus dominios. Desde entonces Tapón había pasado de patrullar las fronteras a explorar más allá de ellas para anexar nuevos territorios al reino.
Al principio solo había podido Marcar algunas partes del gigantesco camino gris que pasaba frente al reino, pues no tenía forma de entrar en los reinos vecinos.
El primer día logró asegurar un perímetro que abarcaba un par de reinos a la redonda. Había considerado aquello todo un éxito, pero la exploración del segundo día le enseñó que el mundo más allá de las fronteras del reino era un lugar duro. Al revisar el perímetro, descubrió que muchas de sus Marcas habían sido sobrescritas por otros Bárbaros, y algunas incluso fueron reclamadas por Aristócratas en persona.
Cuando le contó al rey sobre este revés, el monarca le dio nuevas órdenes. Ahora su trabajo consistía en reforzar el perímetro a diario, pero después de cierta cantidad de días debía salir a expandirlo. Y este era uno de esos días.
La noche anterior había salido a reforzar el nuevo perímetro, y de regreso aprovechó para entrar en un reino que tenía una brecha en su frontera. Ya había entrado en ocasiones anteriores, pero esta vez se decidió a dejar una Marca. Se había aproximado a una flor portátil, la había derribado, y había escarbado en ella para ver si la tierra estaba húmeda. A Tapón le gustaba la sensación de la tierra húmeda en sus patas, y las flores portátiles por lo general estaban húmedas. Después de recrearse en la tierra, Marcó la flor portátil y regresó a su reino.
Ahora era de día y ya casi había terminado de reforzar el perímetro extendido, solo le faltaba revisar la flor portátil y adentrarse más en ese reino para dejar una nueva Marca. Y precisamente hacia allá se dirigía.
De camino vio pasar fugazmente a algunos Aristócratas Errantes. También había Bárbaros Errantes, la mayoría más grandes y feroces que Tapón, pero él temía más a los Aristócratas Errantes. Eran criaturas peligrosas y astutas, maestros del acecho que podían atacar desde los lugares menos esperado.
De pronto una figura saltó de detrás de un Cilindro de Desperdicios. Tapón se puso en posición de defensa y gruñó.
—Hola, Tapas —dijo la figura.
Era Manitas, un Pícaro que se había convertido en su informante del mundo exterior. El perrito se relajó tanto como su raza era capáz.
—Me llamo Tapón.
—Por supuesto —dijo Manitas de manera distraída antes de morder un trozo de basura que llevaba en una manita—. ¿A dónde diriges tus tapipatitas con el sol en pijamas?
—¿Qué?
El Pícaro rio, parecía disfrutar confundiendolo.
—Que ¿a dónde vas tan temprano?
—Es día de expansión, debo expandir —Tapón comenzó a caminar hacia el reino de la brecha. El Pícaro lo siguió al tiempo que decía:
—Ya veo, andas sembrando fragancia. ¿Y volverás a visitar a la Rosa Blanca y la Rosa Negra?
—¿Quienes?
—Las Rosas que visitaste en tu pasada correría noctámbula.
—Supongo que hablas de mi exploración de anoche —dijo Tapón.
—Tu suposición es puntual, mi estimado Tapas.
—Lo que digas. —susurró con hastío, luego dijo—: ¿De qué Rosas hablas?
—Las del reino en el que sembraste fragancia.
—¿Hablas de la Flor Portátil?
—¿Flor Portátil? —repitió el Pícaro, parecía confundido—. Supongo que te refieres al pobre tiesto en el que sembraste tu fragancia.
—¿Qué?
El Pícaro ignoró la pregunta de Tapón.
—Pero no me refiero a eso. Hablo de las Rosas. Creo que tu raza las llama Aristócratas.
Tapón se detuvo de golpe.
—¿Hay Aristócratas en ese reino? —Tuvo que hacer un  esfuerzo para que no le temblara la voz.
Manitas se carcajeó.
—Por supuesto que hay Rosas en la floresta.
—¡Habla claro, maldición! —gruñó Tapón.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —Manitas levantó sus patitas delanteras en señal de paz—. Escucha, Tapas, todos los reinos de por aquí están gobernados por una Rosa. La mayoría de las Rosas viven en el reino que gobiernan, pero algunas mandan desde afuera, e incluso tienen varios reinos.
—¿Por qué llamas Rosas a los Aristócratas?
—Me parece un nombre adecuado, pues son hermosos pero esconden afiladas espinas bajo su follaje. Todos los de mi raza llaman así a tus “Aristócratas”.
—¿Y cómo se llaman a ustedes mismos?
—Tenemos un nombre para nosotros, pero las Rosas nos llaman Pícaros, lo que nos parece muy adecuado, así que les seguimos el juego.
—¿Me dirás el nombre real?
—Esa información tendrás que ganártela.
—¿Por qué lo ocultas?, no parece muy importante.
—Tú eres el que la quiere —dijo Manitas de manera distraída—, tu sabrás cuánto estás dispuesto a pagar.
—No me interesa.
—De acuerdo.
—Lo que me interesa es saber si las Aristócratas de ese reino son peligrosas.
—Hmm… Yo  diría que pueden ser peligrosas, pero son Rosas de interior. Significa… 
—Sé lo que significa ser de “interior” —lo interrumpió Tapón—. Entonces —dijo para sí mismo— no estaré en problemas a menos que entre en la fortaleza.
—Así es —el Pícaro bostezo .
—Pareces cansado.
—Soy de índole noctámbula, Tapas. Me dirigía a reposar mi fatigado cuerpo cuando te vi y decidí pararme a saludar. Y ahora es momento de que me retire —añadió.
—Nos vemos, Manitas.
—¡Agur, Tapas! ¡Ojalá saborees los laureles de la victoria!
Dicho esto se retiró.
Tapón continuó su camino hacia el reino de la brecha. Sus patitas avanzaba con firmeza a pesar de su nerviosismo por haberse enterado de que el reino tenía Aristócratas.

Manitas se encontraba sobre uno de los muros del reino de las Rosas Blanca y Negra. Desde las orillas interiores de los muros se extendían unas extrañas mallas en ángulo hacia el cielo. El extraño agregado parecía tener la función de mantener a las Rosas dentro del reino. A Manitas eso le parecía extraño, los muros usualmente eran para mantener indeseables fuera, no para evitar que los gobernantes escaparan. Las mallas eran, con toda seguridad, cosa de las extrañas criaturas a las que las Rosas llamaban Gigantes, los cuales podían llegar a ser muy sobreprotectores con ellas.
En ese momento había un Gigante macho trabajando con algunos de sus artefactos. Cerca de él estaba la Rosa Blanca, con su abundante pelaje. Y no muy lejos estaba también la Rosa Negra (también muy esponjosa) acechando tras una flor portatil, como la había llamado Tapón.
El sonido de uñas repiqueteando contra el suelo gris comenzó a acercarse. Era Tapón.
«Esto se va a poner bueno», pensó Manitas aguantando la risa.
Le había dicho al pequeño perro que las Rosas de este reino eran de interior, lo cual era cierto la mayor parte del tiempo. La verdad completa era que había días en los que ambas Rosas salían de la fortaleza principal. Y este era uno de esos días. Manitas vio a Tapón detenerse frente a la brecha en la frontera del reino.

Tapón inhaló profundamente, contuvo la respiración durante un largo instante, y luego exhaló. Se encontraba frente a la brecha y estaba reuniendo valor para entrar. Volvió a inhalar… ¿Qué era eso? Hasta su sensitiva nariz llegó un curioso aroma. Era penetrante y agrio. El perrito olvidó lo que estaba haciendo y comenzó a olfatear. Dentro del aroma había matices ocultos que no había reconocido en un principio. Uno de esos matices era la firma característica de los Protectores. Pero no era el olor normal de un Protector, era… ¡Un Pie Falso!
Sin poder contenerse saltó dentro del agujero en la pared. Se encontró a un Protector realizando algún tipo de trabajo. Y tras el Protector estaba el Pie Falso. Tapón corrió  directo hacia su objetivo. Se detuvo atropelladamente junto al Pie Falso, lo mordió sintiendo su suave textura y dejó que su fragancia invadiera su nariz. Comenzó a gruñir mientras lo sacudía.
De pronto sintió varios pinchazos agudos en el lomo.
—¡Fe fengo! —dijo una aguda voz de Aristócrata, la boca llena con piel de Tapón.
Entonces se desató el infierno.
T apón comenzó a sacudirse con fuerza, pero la Aristócrata estaba firmemente agarrada a su piel. En cierto momento sintió que su atacante lo soltaba e intentó correr, pero la Aristócrata lo derribó. Antes de que el pequeño perro pudiera reaccionar, fue abrumado por una tormenta de arañazos. No habían pasado más que pocos segundos, pero Tapón sentía que llevaba minutos completos siendo castigado.
—¡Quién te has creído, sucio Bárbaro! —gritaba la Aristócrata mientras le daba manotazos— ¡Cómo te atreves a ultrajar una de nuestras flores portátiles! ¡Esto significa guerra!
De pronto se oyó un ruido atronador que molestó sus oídos. Al parecer el ruido también molestó a la Aristócrata, pues lo soltó, cosa que Tapón aprovechó para salir huyendo por la brecha. Corrió a toda velocidad hacia su propio reino sin mirar atrás.

Michas 6

El ruido la había distraído y ahora el Bárbaro escapaba. Pantera persiguió al intruso. 
—¡Regresa, cobarde!
Saltó para cruzar la brecha…
—¡Ay!
Algo la había sujetado en el aire. Se debatió pero una fuerza enorme la mantenía inmóvil. Era el Gigante macho.
—¡Suéltame! —exigió aún debatiéndose— ¡Está escapando!

Felira vio todo desde su posición, al otro lado de la mesa. Pantera insistía en ser liberada, pero eso no pasaría. El exterior era un lugar peligroso y a los Gigantes no les gustaba que salieran solas.
El Gigante usó una mano para sostener a Pantera, con la otra manipuló una cosa larga y rectangular, la cual colocó verticalmente frente a la brecha, tapándola.
—Supongo que eso resuelve ese problema —se dijo Feliria—. Ahora podemos investigar cómo entró el Pícaro.
El Gigante se aproximó a ella y también la levantó. Después las llevó hasta la Llanura, donde la otra Gigante aún estaba trabajando con las Flores Portátiles.
—¡Ja! ¡Eso le enseñará al Bárbaro a no entrar en el reino! —se jactó Pantera.
—Esperemos que así sea —dijo Feliria mientras se acicalaba—. Pero, aún si no vuelve, el asunto está lejos de ser concluido.
—¿Qué quieres decir?
—El simple hecho de haber cruzado la frontera sin permiso es motivo de castigo. El haber Marcado la Flor Portátil fue prácticamente una declaración de guerra. Pero el haber vuelto a invadir después de todo eso fue atrevido, como mínimo. Ciertamente pagó su atrevimiento cayendo en tu emboscada. Sin embargo, aún está el asunto del Marcado. Debemos averiguar a qué reino pertenece, y tomar medidas al respecto.
—¡Podemos rastrearlo! —propuso Pantera.
Feliria se dio cuenta de que la gatita negra iba a salir corriendo para hacer lo que acababa de decir, así que la detuvo.
—De momento —dijo la reina interponiéndose en el camino de Pantera—, el Bárbaro es un problema secundario.
Pantera ladeó la cabeza.
—¿Qué hay con la declaración de guerra?
—Es un asunto importante —aceptó la reina—, pero la brecha ha sido arreglada por el Gigante. De momento el Bárbaro no puede hacer más incursiones, y nosotras tampoco podemos salir a buscarlo.
—Supongo que tienes razón —dijo Pantera después de razonarlo unos momentos—. ¿Entrenamiento en la Llanura, entonces?
Pantera odiaba entrenar, amenos que fuera en la Llanura.
—Entrenaremos más tarde —dijo Feliria—. Primero hay que encontrar la segunda brecha.
—¿Segunda brecha?
—El Pícaro entró por alguna parte.
—¿No pudo haber usado la misma brecha que el Bárbaro?
Feliria negó con la cabeza.
—Era muy pequeña. Tiene que haber una forma de entrar y salir del reino desde la Llanura.
—¡Debemos encontrar la abertura y taparla!
—No necesariamente —dijo Feliria con cautela.
Pantera alzó una ceja.
—Debemos encontrar al Bárbaro —explicó la reina— y averiguar cuál es su reino. No podemos hacerlo sin salir de nuestro reino.
Pantera abrió mucho los ojos.
—Quieres usar la salida del Pícaro para buscar al Bárbaro —sonrió con picardía—. Eso no le va a gustar a los Gigantes.
—No, no les va a gustar. Y por eso debemos encontrar la salida sin que se enteren.
—¿Qué  hay del Pícaro?
—Habrá que ahuyentarlo, como hicimos con el Bárbaro.
—No sé… Es más grande que cualquiera de nosotras. Y tú no eres muy buena peleando.
Feliria reprimió un bufido.
—No tenemos que someterlo —dijo la reina—, sólo hay que asustarlo. Los Pícaros prefieren huir antes que pelear.
—También podríamos contratarlo.
—¿Qué?
—Contratarlo —repitió Pantera—. Cuando no tenía reino usaba los servicios de un Pícaro para encontrar comida y lugares seguros para dormir.
Feliria sabía que los Pícaros ofrecían sus servicios de “mercantes de información”, como ellos lo llamaban. No eran otra cosas que espías mercenarios, pero eran muy hábiles en ello. Su madre siempre le dijo que no eran de fiar.
—Podría darnos información sobre el Bárbaro —sugirió Pantera.
—Es una opción —dijo la reina sin mucha convicción.
—Bueno, ¡a buscar!
Con esas palabras, Pantera comenzó a correr por la Llanura en busca de la nueva brecha.

Gigantes 6

Víctor dejó a las gatitas cerca de Helena.
—Aquí tienes —le dijo a su esposa—, dos michas traviesas.
—¿Ahora qué hicieron?
—¿Recuerdas a Tapón, el chihuahua de los Fernández?
—Sí —contestó ella, confundida.
—Bueno, pues se metió por el hoyo de la cerca. Y Sombra lo atacó.
—¡Oh, no! ¿Y qué pasó?
—No mucho, los separé rápido. Pero creo que el pobre salió algo rasguñado.
—Pobre perrito —lo compadeció Helena—. Pero no deberían dejarlo salir a la calle.
—Según yo, no lo hacen. Al rato les pregunto. Ahora debo volver a trabajar en la cerca.
Besó la frente de Helena antes de volver al jardín frontal.
—Bueno —se dijo—, hora de cortar  la tabla. ¿Qué es eso?
Frente a la mesa de trabajo había un tenis. De hecho, era uno de sus tenis. ¡Y estaba mordisqueado!
—¿Qué está haciendo esto aquí? —levantó el tenis—. ¡Y qué le pasó!
Rápidamente concluyó que Tapón debía haberlo mordido, pero eso no explicaba cómo había llegado hasta donde lo encontró.

 Constitución #310

Tapón entró por la puerta secreta. Era un hoyo en la frontera que quedaba oculto tras una pila de viejos artefactos de los Protectores. Rodeo la pila y corrió hasta Ciudad Protectora, donde usualmente estaba el rey.
—¡Majestad! —dijo al llegar al pie de la gigantesca cama de los Protectores. Tapón no tenía permitido subir a ella.
—¿Sí? —ronroneó el rey sin levantarse. Al parecer había estado dormido. Tapón no podía verlo desde abajo.
—Volví a entrar en Constitución #305.
—¿Marcaste más territorio dentro?
—Lo intenté, pero había unas Aristócratas, y me atacaron.
—¿Aristócratas, dices?
Tapón vio al rey levantarse y arquear la espalda de aquella forma tan exagerada de la que sólo los Aristócratas eran capaces. El rey se acercó a la orilla para verlo. Tenía un hermoso pelaje corto de un color gris azulado. Estaba algo pasado de peso, pero se veía más robusto que gordo. Su rostro redondo mostraba una perpetua expresión de aburrimiento, algo que era acentuado por sus párpados ligeramente caídos.
Sin embargo, hoy había algo diferente en la expresión del rey. Tras los perezosos párpados, sus ojos amarillos brillaban con interés.
—Esto se pondrá interesante.






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