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15 jul 2019

Ocelopilli


Tlaneci se encontraba en quauhcalli, la Casa de las  Águilas, junto a los otros nuevos reclutas ocelopilli, y le estaba resultando difícil resistir el impulso de ajustar nerviosamente su maxtle. La prenda (un taparrabo de fibra de maguey) tenía bordada al frente una colorida mariposa. Era un papalotl, o guerrero mariposa, pero después de la ceremonia de hoy sería un ocelopilli, un Guerrero Jaguar.
Apenas sería un recluta, pero de momento solo podía pensar en lo lejos que había llegado. Tlaneci nació como un ciudadano de la clase más baja, apenas encima de los esclavos. Sin embargo, su talento para la guerra, y el hecho de ser un tlajko-nahual, le dieron la oportunidad de escalar en la jerarquía guerrera del Imperio Mexica.
Estaba nervioso. ¿Y si hacía el ridículo en la ceremonia? ¿Qué pasaría si no podía comer el corazón del sacrificio? Había probado la sangre en el campo de batalla, tanto la propia como la de sus enemigos, y no le disgustaba. Pero comer un corazón era distinto. Había visto a ocelopillis engullir corazones en batalla como si fueran jugosas guayabas; algunos incluso parecían tragarlos completos.
Orejas correteó entre sus pies, distrayéndolo. Su espíritu protector era una liebre blanca que brillaba con una ligera luz azulada. Todas las personas tenían un espíritu animal protector, pero solo los tlajko-nahuales (como Tlaneci) y nahuales, podían percibir el suyo. Los primeros podían ver o escuchar a su protector, pero los segundos podían ver a todos y tomar características prestadas del suyo. A veces, como ahora, Orejas jugaba con otros espíritus.
Había otros seis guerreros que se convertirían en ocelopilli. Eran de otras divisiones y Tlaneci los conocía solo de vista. Hasta donde sabía, ellos también eran tlajko-nahuales. No era un requisito, pero ciertamente facilitaba el ascenso.
Un grupo de guerreros entró al recinto.
—Cuachicqueh —susurró un recluta a su lado, la voz cargada de reverencia y temor.
Los cuachicqueh, o Guerreros Rapados, eran la élite de la élite. Tan hábiles y letales como los ocelopilli, pero más brutales. Eran las tropas de choque del Imperio.
Entraron seis cuachicqueh escoltando a tres sacerdotes. El grupo se dirigió al frente de la estancia, donde se encontraba la Puerta: una pared de roca con huesos humanos incrustados en forma de arco, el cual se alzaba a casi cuatro metros de altura. Frente al arco, tres enormes losas de piedra estaban colocadas una sobre otra, formando escalones. Eran tan gruesas que cada escalón llegaba hasta la rodilla de un hombre adulto.
Los Rapados se acomodaron flanqueando la Puerta, tres a cada lado. Lucían aterradores con sus inexpresivos rostros pintados, mitad azules mitad rojos.
Los sacerdotes se colocaron frente a los enormes escalones.
—Es hora —anunció el sacerdote del centro, luego los tres se volvieron hacia la Puerta y comenzaron a murmurar rezos.
Tlaneci, al igual que todos los nuevos reclutas, estaba ya en posición. El resto de los presentes (ocelopillis veteranos) se apresuraron a tomar sus lugares en las orillas de la estancia. El bordado en sus maxtles era una cabeza de jaguar.
Hacía mucho calor. En parte era porque el recinto se encontraba bajo el Templo Mayor, pero también se debía a que un par de anafres de barro flanqueaban la Puerta, quemando copal como ofrenda para los dioses; el humo especiado picaba en la garganta.
Los sacerdotes, además de sus taparrabos, iban ataviados con tilmas. Las prendas (una especie de capas tejidas con fibra de maguey) estaban ricamente bordadas con un círculo negro que representaba un espejo de obsidiana. Eran sacerdotes de Tezcatlipoca, patrono de los nahuales, dios de los jaguares y, por lo tanto, de los ocelopilli.
Mientras rezaban, Tlaneci los observó a la luz de la llamas. Con el cuerpo cubierto de negro tizne parecían sombras que hubieran salido del piso y tomado forma humana. Sus largas cabelleras trenzadas caían hasta el suelo; lucían aceitosas, pues debían ungirlas con sangre de manera  regular. Por último, cada uno llevaba un tocado adornado con largas plumas de cola de quetzal pintadas de negro. Las plumas de quetzal eran usadas por sacerdotes de Quetzalcóatl, pero pintadas de negro eran para los sacerdotes de Tezcatlipoca. Según le habían enseñado a Tlaneci en el telpochcalli, Tezcatlipoca era la dualidad de Quetzalcóatl. Donde este último era vida, luz y sabiduría, Tezcatlipoca era muerte, oscuridad y tentación.
Después de un par de minutos de rezos, dos de los sacerdotes se apartaron. El tercero se volvió hacia los congregados.
—Traigan al sacrificio —ordenó.
Un ocelopilli entró escoltando a un hombre maniatado. Por como lucía, Tlaneci lo reconoció como un guerrero totonaca. Los totonacas también eran morenos de piel, pero la piel mexica era más roja. El sacrificio tenía la nariz un poco más larga de lo que Tlaneci consideraba normal, y los labios algo más gruesos.
El hombre caminaba ligeramente encorvado, pero mantenía el rostro en alto; un sacrificio digno no temía su destino. El ocelopilli escoltó al hombre hasta la base de los enormes escalones de la Puerta; luego se retiró.
El sacerdote subió los tres enormes escalones. Inmediatamente los otros dos hombres santos sujetaron al sacrificio por los brazos y también subieron. El que parecía el sacerdote líder sacó un cuchillo de obsidiana que portaba en su maxtle y se hizo un corte en la palma de una mano, la cual frotó sobre uno de sus hombros, manchando de rojo la blanca tilma.
La sangre fue rápidamente absorbida hasta desaparecer, como si la prenda se la hubiera bebido. Entonces el sacerdote se volvió hacia el sacrificio. Las uñas del hombre santo se transformaron en garras felinas, negras y lustrosas como la obsidiana.
El sacerdote apoyó con delicadeza sus nuevas garras sobre el pecho del sacrificio. Después comenzó a retirar la mano; la movió lentamente, los dedos extendidos hacia el pecho del hombre, el cual arqueó la espalda, como si el sacerdote estuviera tirando de él con una cuerda invisible. Cuando el sacrificio ya no pudo arquearse más, apareció una protuberancia en su pecho.
La protuberancia palpitaba.
El sacerdote alzó la otra mano y cortó la piel del hombre con una garra de obsidiana. La herida se abrió como un párpado, revelando el corazón del sacrificio. El hombre santo colocó bajo el corazón la mano con que había hecho el corte. Luego siguió alejando la otra mano, tirando del órgano con una fuerza invisible. El corazón salió del pecho, posándose con delicadeza en la palma del sacerdote.
El sacrificio tenía los ojos abiertos de par en par. Parecía querer gritar, pero no salía sonido alguno de su boca. El corazón, aún conectado a venas y arterias, palpitaba frenéticamente.
El  sacerdote de Tezcatlipoca cerró con cuidado los dedos alrededor del corazón. Usó la otra mano (con la que había estado tirando del órgano) para cortar sus ataduras con sus garras en un solo movimiento. Una vez cortado, el corazón se convulsionó por última vez, manchando de sangre el pecho de su dueño, quien se desplomó en los brazos de los otros dos sacerdotes.
El hombre santo de Tezcatlipoca se comió el corazón en pequeños bocados, disfrutaba cada uno como si el órgano fuera una tierna fruta.
Cuando terminó, sus ojos se tornaron negros. La oscuridad llenó incluso la parte blanca, dándole un aire de misterio que, combinado con aquella sonrisa de suficiencia, resultaba escalofriante.
            Un par de ocelopillis retiraron el cuerpo del sacrificio.
—Todo está preparado —dijo el sacerdote. Su voz, casi un susurro, llegó hasta los oídos de todos los presentes—. Ahora llamaremos a la Puerta.
Muchas personas creían que los sacerdotes podían invocar a sus patronos. Tlaneci había compartido esa creencia hasta hacía muy poco. La realidad, sin embargo, era muy distinta. Los sacerdotes hacían rituales para invitar a los dioses a venir y ellos siempre podían negarse.
Los mexicas les hacían sacrificios, sí, pero eso no convertía a los dioses en sus siervos ni en sus mercenarios, como creían muchas personas fuera del Imperio. En realidad, ofrecer sacrificios a los Dioses de Sangre era como pagarle a un noble para convertirse en su sirviente.
Los sacerdotes que habían sostenido al sacrificio se apartaron, flanqueando la Puerta. El de los ojos negros se aproximó al muro, dando la espalda a los congregados. Sacó su cuchillo de obsidiana, se pinchó el índice de la mano derecha y escribió el nombre de su patrono en la pared. Acto seguido bajó los escalones de espaldas y se arrodilló con la cabeza inclinada.
La sangre de la pared se tornó negra.
Los caracteres comenzaron a deformarse, haciéndose más grandes, como si estuviera brotando más sangre del propio muro. La escritura siguió expandiéndose hasta convertirse en un charco negro que se mantenía adherido a la pared. El charco creció hasta cubrir todo el interior del arco de huesos. Su superficie ondulaba como si alguien hubiera arrojado una piedra en el centro.
El único ruido en la estancia provenía del copal consumiéndose en los anafres.
 Las ondulaciones se calmaron y el líquido se solidificó, su superficie convertida en un pulido espejo de obsidiana. Tlaneci se vio reflejado en aquel enorme espejo negro.
            Una figura comenzó a acercarse al espejo desde atrás de su superficie, como si detrás hubiera una habitación. Era un hombre muy alto, de casi tres metros, según los cálculos de Tlaneci. El hombre se quedó a un par de pasos tras el espejo y paseó la mirada por el recinto. Portaba en su negro rostro una media sonrisa confiada. Al final posó sus ojos negros en el sacerdote y avanzó, atravesando el espejo como si fuera agua. La superficie negra onduló de nuevo, luego se desvaneció, volviendo a ser un muro de roca normal.
            —¿Está todo listo? —preguntó Tezcatlipoca. Su voz era un susurro similar al de su sacerdote pero más… profundo.
            El sacerdote se puso en pie de inmediato.
            —Todo listo, mi señor.
            El dios asintió. Su piel, negra y lustrosa como la obsidiana, brillaba bajo la luz de las antorchas. Llevaba el cabello, negro y lacio, hasta más abajo de la espalda. Su única vestimenta era un taparrabo blanco de tela muy rica con una cabeza de jaguar bordada en el centro de un círculo negro. Se veía extraño en el dios, parecía como si alguien hubiera vestido una estatua. Una estatua de un joven esbelto y hermoso de casi tres metros.
            Contrario a lo que Tlaneci imaginaba, los pasos del dios no resonaban contra la piedra del suelo. Al parecer, a pesar de su apariencia, la piel del dios era flexible y blanda.
            Tezcatlipoca comenzó a recorrer la estancia con la mirada de nuevo. Esta vez se tomó su tiempo para observar a cada individuo. Cuando llegó el turno de Tlaneci, este se envaró. Ser observado por el dios era una experiencia enervante. Además de que parecía una estatua, los ojos del dios eran extraños. Tanto la pupila como el iris eran completamente negros, y tenían una forma alargada de manera vertical. Lucían como ojos felinos, pero las puntas estaban afiladas como cuchillos. Esa era la impresión que tenía Tlaneci: dos cuchillos negros de obsidiana que lo observaban.
Tezcatlipoca desprendía un aire confiado, seductor. Era hermoso y poderoso… y lo sabía.
            El dios comenzó a bajar por los escalones. Al verlo descender, Tlaneci se dio cuenta de que su enorme tamaño estaba pensado para los dioses.
—Bien —dijo Tezcatlipoca con su voz susurrante—. ¿Cuál es el sacrificio de hoy?
            La deidad se aproximó a la fila de nuevos reclutas ocelopilli sin apartar sus ojos de Tlaneci. Extendió un brazo y posó una enorme mano negra sobre el hombro del joven. La mano era tan grande que le cubría el brazo desde el hombro hasta casi llegar al codo. La piel del dios era increíblemente suave… y caliente. Muy caliente. Era como tocar una piedra que hubiera sido dejada al sol mucho tiempo. No iba a quemarle la piel, pero resultaba apenas soportable.
            —¿Acaso será él?
            Un silencio tenso se extendió por la estancia. El corazón de Tlaneci comenzó a aporrearle el pecho como un tambor de guerra y le flaquearon las piernas. Mientras luchaba por mantener la compostura, su mente corría de un pensamiento a otro como una liebre asustada. ¿El sacrificio de la iniciación iba a ser uno de los reclutas? Nadie lo había mencionado. Usualmente los sacrificios eran hombres de los pueblos vasallos del Imperio, o prisioneros de guerra. Pero a los dioses les gustaba que los sacrificios fueran grandes guerreros, y los ocelopilli eran definitivamente excelentes guerreros, mejores que la mayoría.
Tlaneci concluyó que si iban a sacrificar a alguno de los nuevos, sólo podían usar al mejor. El terror se alojó en su corazón. ¡Su comandante le había dicho que él era el mejor bajo su mando! Tal vez también era mejor guerrero que los otros a los que no conocía y Tezcatlipoca lo  había notado.
«Un momento —pensó, la mente de pronto calma —. Tezcatlipoca en persona me está reconociendo como un gran guerrero».
¡Un dios lo estaba elogiando! Ese reconocimiento era el mejor que recibiría en toda su vida.
Una vida que estaba por terminar.
El pánico volvió, pero Tlaneci se aferró a aquel cumplido con la fuerza de voluntad renovada. Las enseñanzas de sus maestros en el telpochcalli resonaron en su mente. «Es un honor ser un sacrificio —recordó—. Significa que eres tan buen guerrero que los dioses se fijan en ti».
Esos pensamientos calmaron a Tlaneci. Su nerviosismo no desapareció, pero ya no estaba aterrado, de hecho estaba emocionado. ¡Tezcatlipoca lo había seleccionado como sacrificio!
Tlaneci se irguió y sacó pecho.
—Si así lo desea —dijo con una voz más firme de lo que esperaba—, será un honor servirle de sacrificio.
La leve sonrisa del dios se ensanchó, mostrando unos negros y lustrosos dientes puntiagudos.
—Excelente.
Al lado del dios, su sacerdote observaba a Tlaneci con una ceja alzada. Parecía impresionado por su ofrecimiento.
—No esperaba menos de un aspirante a ocelopilli —el hombre santo acompañó su comentario con una sonrisa enigmática. ¿Se estaba burlando de él?
A su alrededor, los otros reclutas se removieron inquietos. Tal vez pensaban que ellos no hubieran aceptado. Tlaneci sintió el orgullo llenar su pecho, pero no permitió que se le subiera demasiado. Después de todo, había estado a punto de negarse.
—Acepto tu cuerpo como ofrenda, valiente guerrero —recitó Tezcatlipoca.
Tlaneci apretó la mandíbula y se mantuvo firme. El dios retiró la mano de su hombro y la cerró en un puño, dejando extendido únicamente el dedo índice. Con un movimiento pausado Tezcatlipoca aproximó la punta de su dedo al pecho de Tlaneci hasta tocarlo con gentileza.
«Oh, no».
Su mente fue invadida por una apremiante sensación de alarma. Algo andaba mal. Muy mal. Su cerebro le gritaba que huyera, que debía zafarse de la cosa horrible que lo retenía.
Esa cosa era su cuerpo.
Quería correr, quería gritar... Quería morir. La muerte significaría el final de aquel retorcido sufrimiento difuso. Pero no podía moverse. Ni siquiera podía respirar. Se preguntó si seguía vivo. Aún podía ver al dios frente a él, pero se sentía extrañamente desapegado de su propio cuerpo.
Tezcatlipoca separó la punta de su dedo del pecho de Tlaneci y, con cuidado, comenzó a alejar su mano. Al mismo tiempo, el joven guerrero sintió que algo en su interior se movía siguiendo la mano el dios.
Era su corazón. El corazón de Tlaneci estaba siendo extraído de  su cuerpo mediante magia, como lo había hecho el sacerdote de Tezcatlipoca. Pero algo era diferente. El guerrero totonaca había arqueado la espalda y fue necesario que dos personas lo sujetaran. Nadie estaba sosteniendo a Tlaneci. De alguna forma el dios lo había inmovilizado.
Una protuberancia palpitante apareció en el pecho de Tlaneci. El joven esperaba que Tezcatlipoca le hiciera un corte en la piel para exponer el órgano, como había hecho su sacerdote. Sin embargo, eso no sucedió. Su corazón se limitó a salir a través de la piel como si esta fuera líquida.
El dios colocó su enorme mano frente al pecho de Tlaneci con la palma hacia arriba, y el órgano se posó gentilmente en ella latiendo a un ritmo fuerte pero tranquilo. La mano de Tezcatlipoca era tan grande que el corazón se veía pequeño en ella.
            Tlaneci seguía aterrado, pero se mantuvo calmado repitiendo una y otra vez que era un honor entregarle su corazón al dios. De pronto la sensación de malestar disminuyó ligeramente. Lo que sea que andaba mal con su cuerpo remitió en la zona de sus ojos. Tlaneci se dio cuenta de que podía moverlos de nuevo. Fijó su mirada en el rostro de Tezcatlipoca, y al hacerlo sus ojos volvieron a quedar inmóviles.
El dios portaba esa confiada media sonrisa que Tlaneci había llegado a considerar característica en él. Los ojos de Tlaneci, sin embargo, estaban fijos en los negros ojos de Tezcatlipoca. De un momento a otro el miedo del muchacho comenzó a desvanecerse como niebla bajo el sol. Había algo cautivador en aquellos ojos felinos. De cerca pudo ver que no eran completamente negros, estaban jaspeados de un verde muy oscuro, y brillaban al calor de las antorchas.
La estancia comenzó a difuminarse desde la periferia de su visión y avanzando hacia el centro. Pronto lo único que pudo distinguir claramente fueron los ojos de Tezcatlipoca.
Eran hermosos.
Si el cuerpo de Tlaneci se hubiera podido mover, seguramente tendría pintada una sonrisa bobalicona. Pero mientras su corazón era extraído y devorado, él solo podía quedarse ahí, de pie, viendo a los ojos al dios. Aquellos cautivadores ojos negros cuyas vetas verdes… ¿se movían?
Sí. Ahora podía verlo. Era muy sutil, pero estaba ahí. El color verde de sus ojos se movía, arremolinándose como humo. Pero había algo más… Figuras. Había siluetas humanas que se movían tras el humo. No… No se movían tras el humo verde, las figuras estaban hechas de humo. Todas tenían perfiles musculosos y se erguían con orgullo. Y todas parecían tener algo en el pecho, un bulto que lucía más sólido que el resto de sus vaporosos cuerpos. De hecho parecía que el humo verdoso se arremolinaba alrededor de esos bultos, formando las figuras a partir de ellos.
«Sacrificios —pensó Tlaneci sorprendido—. Son los corazones de los sacrificios».
El alma de los guerreros que morían en batalla era transportada al Tonatiuhichan, la Casa del Sol, para disfrutar de una eternidad de placer y deleite. Era el sueño de todo guerrero. Pero, al parecer, el destino de Tlaneci sería distinto.
Tezcatlipoca, uno de los cuatro dioses creadores, uno de los pilares de la creación misma, iba a consumir su corazón y Tlaneci se volvería parte de él. A grandes rasgos sería casi lo mismo que ir al Tonatiuhichan. El cielo de los guerreros era un lugar de eternidad, y Tezcatlipoca, como fuerza primigenia, también era eterno. Pero había una diferencia importante: el dios era una fuerza consciente. En vez de pasar la eternidad en un lugar estático, Tlaneci iba a pasarla siendo parte de algo cambiante, de algo poderoso que gobernaba el mundo. Tenía la sensación de que su mente se disolvería hasta desaparecer dentro del dios, pero su corazón seguiría existiendo dentro de él.
La violenta urgencia que había sentido en un principio por escapar de su propio cuerpo y huir, se había transformado en urgencia por ser consumido por Tezcatlipoca. Este era su destino y lo aceptaba. Era el mejor destino que cualquiera podría desear. No había nada mejor, ahora estaba seguro de ello.
La alegría estalló dentro de Tlaneci cuando el dios se agachó para llevarse su corazón a la boca.
Tezcatlipoca se detuvo.
Un ruido lo había distraído. Los sentidos de Tlaneci estaban embotados y apenas había podido distinguir lo que pareció ser alguien aclarándose la garganta. El dios alzó la cabeza hacia su izquierda. En cuanto los ojos de Tezcatlipoca desaparecieron de su presencia, el mundo comenzó a recuperar nitidez desde el centro hacia las orillas. Y junto con lo borroso de su visión, también desapareció la urgencia de Tlaneci por ser sacrificado.
—¿Qué está pasando? —inquirió una voz autoritaria a la derecha de Tlaneci. La reconoció como la voz Emaztle Imatl, el huey tlatoani, gobernante máximo del Imperio Mexica. Tlaneci solo veía una silueta en la periferia de su visión, pues no podía girar los ojos.
—Hola, Emaztle —lo saludó casualmente el dios.
—Hola, oh huey Tezcatlipoca —dijo el gobernante con la voz cargada de sarcasmo—. Nos honras con tu presencia y bla, bla, bla… —luego añadió en tono de regaño— Ese parece uno de los nuevos reclutas.
¿Había oído bien? ¿El huey tlatoani, un simple mortal, acababa de hacer un saludo burlón a un dios?
—En efecto —dijo Tezcatlipoca, irguiéndose cuan largo era.
«¡Nó! —pensó Tlaneci, entrando en pánico— ¡Vuelve! ¡Cómete mi corazón, por favor!».
—Parece que lo estás sacrificando —comentó el gobernante—, pero mis ojos deben estarme engañando, pues los sacrificios de hoy ya habían sido asignados…, y ninguno era mexica. Sí, debe ser que el humo de las antorchas no me deja ver bien. Porque, obviamente, uno de los Cuatro Grandes no podría estar cometiendo la idiotez de tomar un sacrificio equivocado. ¿Verdad?
—Verá, señor… —intervino uno de los sacerdotes, pero lo interrumpió el dios.
—Por supuesto que no me confundí. Sucede que estábamos por comenzar el ritual cuando este valiente joven se ofreció de voluntario.
—¿Es eso cierto? —preguntó el huey tlatoani a Tlaneci.
La misteriosa fuerza que sostenía su cuerpo lo dejó libre del cuello para arriba. Tlaneci giró la cabeza hacia el monarca e intentó responder pero no le salió la voz. Terminó asintiendo. No era del todo verdad, pero ahora que tenía la oportunidad de volverse parte de Tezcatlipoca  no la iba a perder.
            El huey tlatoani torció la boca en un gesto de desaprobación.
            —Hice mal en preguntarle a él. No puedo confiar en su testimonio ahora que lo has hipnotizado —se volvió hacia los sacerdotes—. Y tus perros siempre te solapan —se volvió hacia los congregados—. ¿Este joven —apuntó a Tlaneci con un dedo—  se ofreció como sacrificio?
            La estancia se quedó en silencio durante un largo instante. Todos voltearon a ver  al dios y luego comenzaron a asentir.
            El monarca suspiró con exasperación.
            —¿Pero qué estoy haciendo? Todos te temen, así que ninguno de sus testimonios es válido.
            La sonrisa del dios se desvaneció.
            —No  aceptas el testimonio del sacrificio. No aceptas tampoco el de una sala llena de respetables guerreros. Insultas a tres hombres santos asegurando que mentirán. Y te niegas a aceptar, además, la palabra de un dios —su voz se tornó atronadora al pronunciar la última palabra, era como oír hablar a una tormenta—. ¿Quién eres tú, mortal, para poner en duda mi palabra? —los ojos de Tezcatlipoca  comenzaron a exhalar humo verdoso.
            «Estamos todos muertos», pensó Tlaneci.
            —Soy alguien muy ocupado —contestó el monarca sin inmutarse—. Debo estar presente en una ceremonia para Tláloc al anochecer y comienza a hacerse tarde. Así que suelta a ese pobre muchacho y comienza con la ceremonia.
            —Sabes que puedo matarte sin ningún esfuerzo, ¿verdad? —atronó el dios—. Puedo matar a todos los presentes. ¡Yo hice surgir el continente entero desde las entrañas del océano y puedo volver a hundirlo en cualquier momento!
            Ahora que Tlaneci podía mover la cabeza, su vista pasaba del dios al monarca durante la conversación. Vio al huey tlatoani alzar una ceja ante la última afirmación del dios.
            —Según sé —dijo el monarca—, Quetzalcóatl te ayudó a crear el continente.
—Y ni siquiera lo crearon ellos —terció uno de los dos sacerdotes de ojos normales. Sonreía como si estuviera aguantando la risa—, simplemente mataron a la bestia marina Cipactli, la tendieron sobre el océano y la llamaron continente —se carcajeó como si acabara de contar un chiste desternillante—. Por si no lo sabían —continuó—, esa es la razón por la cual el espíritu vengativo de la madre tierra nos odia.
El dios le lanzó una dura mirada a su sacerdote.
—Pero gracias por crear el mundo —dijo el sacerdote de los ojos negros. Luego añadió con una sonrisa pícara—. Claro que si hubieran hecho lo que les encargó el gran Ometeotl y creado el continente, no tendríamos que preocuparnos de que nos odie la misma tierra que pisamos.  
—¿Se van a  poner de su lado? —atronó el dios.
—El único lado es el de la verdad —replicó el sacerdote—. Y la verdad es que no queremos molestar al huey tlatoani, después de todo él asigna el presupuesto para los templos.
—¡Yo soy el origen de sus poderes!
—También es el origen de muchos de nuestros problemas.
Tezcatlipoca propinó un revés a su sacerdote y este se desmoronó en una pila de maíz. Todo quedó en silencio durante un momento. Luego la pila de maíz tomó la silueta de un hombre y el sacerdote volvió a la normalidad.
—Si ya terminaron de jugar —intervino el huey tlatoani irritado— ¿podemos comenzar con la ceremonia?
            —¡Humano insolente, yo...!
            —¿Y podrías dejar de ser tan dramático? Tus gritos me están dejando sordo.
            —Tu muerte será lenta  y…
            —Si me quisieras muerto —interrumpió de nuevo el monarca— ya lo estaría. Además, ustedes los dioses necesitan a alguien que organice las cosas y mantenga los sacrificios fluyendo, pues, como la historia de Cipactli demuestra, son demasiado perezosos para hacer las cosas como es debido. Y de momento soy el único capaz de gobernar adecuadamente, así que déjame hacer mi trabajo o mátame de una vez y arréglatelas como puedas.
            »Solo recuerda —añadió—, que tendrás que explicarle a Quetzalcóatl por qué mataste a otro huey tlatoani sin una buena razón.
            —¡No metas a mi hermano en esto! —rugió el dios. Luego extendió una mano hacia el monarca y el humo verdoso que salía de sus ojos se retorció en el aire. Dejó de ascender perezosamente hacia el techo para echarse sobre el huey tlatoani, envolviéndolo por completo. El hombre comenzó a toser violentamente y el humo disminuyó de manera visible. Tlaneci se dio cuenta de que el humo estaba entrando a la fuerza por la nariz  y la boca del monarca. Pronto todo el humo verdoso desapareció dentro del hombre, que no dejó de toser.
            —Tienes razón —dijo Tezcatlipoca—, no me sirves muerto.
—¿Qué me hiciste? —preguntó con voz ronca.
—De ahora en adelante tu descendencia estará maldita.
El gobernante se tomó unos momentos para recuperar la voz.
—¿Ya estás a gusto? —le preguntó al dios. Su voz aún estaba algo ronca pero había recuperado la compostura.
Tezcatlipoca alzó una ceja con curiosidad.
—Hmm… Supongo que sí.
—Bien —asintió el monarca—. “De ahora en adelante tu descendencia estará maldita” —repitió para sí mismo, luego fijó su mirada en el dios—. ¿Eso significa que los hijos que ya tengo no estarán malditos?
—Eh… Sí, eso creo —contestó Tezcatlipoca. Su voz había vuelto a ser suave y sus ojos ya no echaban humo.
—¿Eso crees? ¿Eres el patrono de los nahuales y no sabes cómo funcionan tus maldiciones?
Tezcatlipoca esgrimió su media sonrisa.
—Me sigue sorprendiendo lo bien que encajas mis pullas. Quise decir que tienes razón: solo tu descendencia de aquí en adelante estará maldita.
—Creo que considerar una “pulla” el maldecir a alguien es lo que hace que todos te tengan miedo. En fin, ¿en qué consiste esa maldición? —su pregunta parecía tener más un interés académico que otra cosa.
            —Es un secreto —replicó el dios al tiempo que ensanchaba su sonrisa.
            El tlatoani suspiró.
            —Supongo que sería demasiado pedir que no mates a mis herederos actuales. No son muy listos, lo acepto, pero cuando menos no están malditos.
            —No te preocupes, dejaré tranquilos a tus tlatoanitos. Pero si crees que bastará con que no te reproduzcas para evitar la maldición, te aviso que incluye una incontrolable lujuria.
            —Me lo imaginaba —hizo un gesto despectivo con una mano—. ¿Podemos comenzar con la ceremonia?
            —Por supuesto.
            Tlaneci vio a Tezcatlipoca agacharse para engullir su corazón.
            «¡Por fin!».
            —¡Alto! —lo reprendió el huey tlatoani— ¡Nada de sacrificios extra!
            Tezcatlipoca sonrió ante la insolente valentía del gobernante. Luego soltó el corazón de Tlaneci, y éste volvió a hundirse en su pecho.
            «¡No!».
            La fuerza que retenía el cuerpo de Tlaneci no desapareció de inmediato. Tezcatlipoca volteó a verlo.
            «No te preocupes —dijo la voz del dios en la cabeza de Tlaneci—. No dejaré que tu alma se desperdicie en el Tonatiuhichan. Un día te reclamaré como mío… al igual que a él», volteo a ver al huey tlatoani.
            Tlaneci se relajó al saber que un día formaría parte del poder del dios. También se emocionó al saber que, además de aquel enorme privilegio, podría tener una vida como ocelopilli.
            La fuerza que lo sostenía desapareció.
            La ceremonia se llevó a cabo, pero Tlaneci la veía distante, como en un sueño. Los sacerdotes hicieron traer más sacrificios, uno para cada recluta nuevo, y los formaron frente a ellos. El sacerdote de los ojos oscurecidos usó su magia para exponer los corazones de los sacrificios uno a uno.
            Tezcatlipoca tomó un cuenco que le pasó uno de sus sacerdotes. Usó una de sus garras de obsidiana para hacerse un corte en la muñeca y derramó su sangre dentro. A Tlaneci le pareció raro que la sangre del dios fuera roja. Cuando el cuenco se llenó, la herida simplemente se cerró. El sacerdote fue pasando el cuenco y cada recluta tomó un sorbo.
            Cuando Tlaneci bebió, sintió dentro de él un poco del poder que había visto tras los ojos de Tezcatlipoca. Los demás sonreían como si se hubieran vuelto invencibles, pero Tlaneci sabía la verdad: eso no era ni una pizca del verdadero poder.
            La última parte de la ceremonia consistió en los sacerdotes cortando los corazones y entregándolos a los reclutas para que los consumieran. Tlaneci comió el suyo sin mucho interés, pero sin problemas. De hecho, el corazón sabía muy bien.
Ahora la sangre le resultaba muy apetecible.

Fin.


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