Tlaneci se encontraba en quauhcalli, la Casa de las Águilas, junto
a los otros nuevos reclutas ocelopilli, y le estaba resultando difícil resistir
el impulso de ajustar nerviosamente su maxtle. La prenda (un taparrabo de fibra
de maguey) tenía bordada al frente una colorida mariposa. Era un papalotl, o
guerrero mariposa, pero después de la ceremonia de hoy sería un ocelopilli, un
Guerrero Jaguar.
Apenas sería un
recluta, pero de momento solo podía pensar en lo lejos que había llegado.
Tlaneci nació como un ciudadano de la clase más baja, apenas encima de los
esclavos. Sin embargo, su talento para la guerra, y el hecho de ser un
tlajko-nahual, le dieron la oportunidad de escalar en la jerarquía guerrera del
Imperio Mexica.
Estaba nervioso. ¿Y
si hacía el ridículo en la ceremonia? ¿Qué pasaría si no podía comer el corazón
del sacrificio? Había probado la sangre en el campo de batalla, tanto la propia
como la de sus enemigos, y no le disgustaba. Pero comer un corazón era
distinto. Había visto a ocelopillis engullir corazones en batalla como si
fueran jugosas guayabas; algunos incluso parecían tragarlos completos.
Orejas correteó
entre sus pies, distrayéndolo. Su espíritu protector era una liebre blanca que
brillaba con una ligera luz azulada. Todas las personas tenían un espíritu
animal protector, pero solo los tlajko-nahuales (como Tlaneci) y nahuales,
podían percibir el suyo. Los primeros podían ver o escuchar a su protector,
pero los segundos podían ver a todos y tomar características prestadas del
suyo. A veces, como ahora, Orejas jugaba con otros espíritus.
Había otros seis guerreros que se
convertirían en ocelopilli. Eran de otras divisiones y Tlaneci los conocía solo
de vista. Hasta donde sabía, ellos también eran tlajko-nahuales. No era un
requisito, pero ciertamente facilitaba el ascenso.
Un grupo de guerreros entró al recinto.
—Cuachicqueh —susurró un recluta a su
lado, la voz cargada de reverencia y temor.
Los cuachicqueh, o Guerreros Rapados,
eran la élite de la élite. Tan hábiles y letales como los ocelopilli, pero más
brutales. Eran las tropas de choque del Imperio.
Entraron seis cuachicqueh escoltando a
tres sacerdotes. El grupo se dirigió al frente de la estancia, donde se
encontraba la Puerta: una pared de roca con huesos humanos incrustados en forma
de arco, el cual se alzaba a casi cuatro metros de altura. Frente al arco, tres
enormes losas de piedra estaban colocadas una sobre otra, formando escalones.
Eran tan gruesas que cada escalón llegaba hasta la rodilla de un hombre adulto.
Los Rapados se acomodaron flanqueando
la Puerta, tres a cada lado. Lucían aterradores con sus inexpresivos rostros
pintados, mitad azules mitad rojos.
Los sacerdotes se colocaron frente a
los enormes escalones.
—Es hora —anunció el sacerdote del
centro, luego los tres se volvieron hacia la Puerta y comenzaron a murmurar
rezos.
Tlaneci, al igual que todos los nuevos
reclutas, estaba ya en posición. El resto de los presentes (ocelopillis
veteranos) se apresuraron a tomar sus lugares en las orillas de la estancia. El
bordado en sus maxtles era una cabeza de jaguar.
Hacía mucho calor. En parte era porque
el recinto se encontraba bajo el Templo Mayor, pero también se debía a que un
par de anafres de barro flanqueaban la Puerta, quemando copal como ofrenda para
los dioses; el humo especiado picaba en la garganta.
Los sacerdotes,
además de sus taparrabos, iban ataviados con tilmas. Las prendas (una especie
de capas tejidas con fibra de maguey) estaban ricamente bordadas con un círculo
negro que representaba un espejo de obsidiana. Eran sacerdotes de Tezcatlipoca,
patrono de los nahuales, dios de los jaguares y, por lo tanto, de los
ocelopilli.
Mientras rezaban,
Tlaneci los observó a la luz de la llamas. Con el cuerpo cubierto de negro
tizne parecían sombras que hubieran salido del piso y tomado forma humana. Sus
largas cabelleras trenzadas caían hasta el suelo; lucían aceitosas, pues debían
ungirlas con sangre de manera regular. Por último, cada uno llevaba un tocado
adornado con largas plumas de cola de quetzal pintadas de negro. Las plumas de
quetzal eran usadas por sacerdotes de Quetzalcóatl, pero pintadas de negro eran
para los sacerdotes de Tezcatlipoca. Según le habían enseñado a Tlaneci en el
telpochcalli, Tezcatlipoca era la dualidad de Quetzalcóatl. Donde este último
era vida, luz y sabiduría, Tezcatlipoca era muerte, oscuridad y tentación.
Después de un par de
minutos de rezos, dos de los sacerdotes se apartaron. El tercero se volvió
hacia los congregados.
—Traigan al
sacrificio —ordenó.
Un ocelopilli entró
escoltando a un hombre maniatado. Por como lucía, Tlaneci lo reconoció como un
guerrero totonaca. Los totonacas también eran morenos de piel, pero la piel
mexica era más roja. El sacrificio tenía la nariz un poco más larga de lo que
Tlaneci consideraba normal, y los labios algo más gruesos.
El hombre caminaba
ligeramente encorvado, pero mantenía el rostro en alto; un sacrificio digno no
temía su destino. El ocelopilli escoltó al hombre hasta la base de los enormes
escalones de la Puerta; luego se retiró.
El sacerdote subió
los tres enormes escalones. Inmediatamente los otros dos hombres santos
sujetaron al sacrificio por los brazos y también subieron. El que parecía el
sacerdote líder sacó un cuchillo de obsidiana que portaba en su maxtle y se
hizo un corte en la palma de una mano, la cual frotó sobre uno de sus hombros,
manchando de rojo la blanca tilma.
La sangre fue
rápidamente absorbida hasta desaparecer, como si la prenda se la hubiera
bebido. Entonces el sacerdote se volvió hacia el sacrificio. Las uñas del
hombre santo se transformaron en garras felinas, negras y lustrosas como la
obsidiana.
El sacerdote apoyó
con delicadeza sus nuevas garras sobre el pecho del sacrificio. Después comenzó
a retirar la mano; la movió lentamente, los dedos extendidos hacia el pecho del
hombre, el cual arqueó la espalda, como si el sacerdote estuviera tirando de él
con una cuerda invisible. Cuando el sacrificio ya no pudo arquearse más,
apareció una protuberancia en su pecho.
La protuberancia
palpitaba.
El sacerdote alzó la
otra mano y cortó la piel del hombre con una garra de obsidiana. La herida se
abrió como un párpado, revelando el corazón del sacrificio. El hombre santo
colocó bajo el corazón la mano con que había hecho el corte. Luego siguió
alejando la otra mano, tirando del órgano con una fuerza invisible. El corazón
salió del pecho, posándose con delicadeza en la palma del sacerdote.
El sacrificio tenía
los ojos abiertos de par en par. Parecía querer gritar, pero no salía sonido
alguno de su boca. El corazón, aún conectado a venas y arterias, palpitaba
frenéticamente.
El sacerdote
de Tezcatlipoca cerró con cuidado los dedos alrededor del corazón. Usó la otra
mano (con la que había estado tirando del órgano) para cortar sus ataduras con sus
garras en un solo movimiento. Una vez cortado, el corazón se convulsionó por
última vez, manchando de sangre el pecho de su dueño, quien se desplomó en los
brazos de los otros dos sacerdotes.
El hombre santo de
Tezcatlipoca se comió el corazón en pequeños bocados, disfrutaba cada uno como
si el órgano fuera una tierna fruta.
Cuando terminó, sus
ojos se tornaron negros. La oscuridad llenó incluso la parte blanca, dándole un
aire de misterio que, combinado con aquella sonrisa de suficiencia, resultaba
escalofriante.
Un
par de ocelopillis retiraron el cuerpo del sacrificio.
—Todo está preparado
—dijo el sacerdote. Su voz, casi un susurro, llegó hasta los oídos de todos los
presentes—. Ahora llamaremos a la Puerta.
Muchas personas
creían que los sacerdotes podían invocar a sus patronos. Tlaneci había
compartido esa creencia hasta hacía muy poco. La realidad, sin embargo, era muy
distinta. Los sacerdotes hacían rituales para invitar a los dioses a venir y
ellos siempre podían negarse.
Los mexicas les
hacían sacrificios, sí, pero eso no convertía a los dioses en sus siervos ni en
sus mercenarios, como creían muchas personas fuera del Imperio. En realidad,
ofrecer sacrificios a los Dioses de Sangre era como pagarle a un noble para
convertirse en su sirviente.
Los sacerdotes que
habían sostenido al sacrificio se apartaron, flanqueando la Puerta. El de los
ojos negros se aproximó al muro, dando la espalda a los congregados. Sacó su
cuchillo de obsidiana, se pinchó el índice de la mano derecha y escribió el
nombre de su patrono en la pared. Acto seguido bajó los escalones de espaldas y
se arrodilló con la cabeza inclinada.
La sangre de la
pared se tornó negra.
Los caracteres
comenzaron a deformarse, haciéndose más grandes, como si estuviera brotando más
sangre del propio muro. La escritura siguió expandiéndose hasta convertirse en
un charco negro que se mantenía adherido a la pared. El charco creció hasta
cubrir todo el interior del arco de huesos. Su superficie ondulaba como si
alguien hubiera arrojado una piedra en el centro.
El único ruido en la
estancia provenía del copal consumiéndose en los anafres.
Las ondulaciones se calmaron y el líquido se
solidificó, su superficie convertida en un pulido espejo de obsidiana. Tlaneci
se vio reflejado en aquel enorme espejo negro.
Una
figura comenzó a acercarse al espejo desde atrás de su superficie, como si
detrás hubiera una habitación. Era un hombre muy alto, de casi tres metros,
según los cálculos de Tlaneci. El hombre se quedó a un par de pasos tras el
espejo y paseó la mirada por el recinto. Portaba en su negro rostro una media
sonrisa confiada. Al final posó sus ojos negros en el sacerdote y avanzó,
atravesando el espejo como si fuera agua. La superficie negra onduló de nuevo,
luego se desvaneció, volviendo a ser un muro de roca normal.
—¿Está
todo listo? —preguntó Tezcatlipoca. Su voz era un susurro similar al de su
sacerdote pero más… profundo.
El
sacerdote se puso en pie de inmediato.
—Todo
listo, mi señor.
El
dios asintió. Su piel, negra y lustrosa como la obsidiana, brillaba bajo la luz
de las antorchas. Llevaba el cabello, negro y lacio, hasta más abajo de la
espalda. Su única vestimenta era un taparrabo blanco de tela muy rica con una
cabeza de jaguar bordada en el centro de un círculo negro. Se veía extraño en
el dios, parecía como si alguien hubiera vestido una estatua. Una estatua de un
joven esbelto y hermoso de casi tres metros.
Contrario
a lo que Tlaneci imaginaba, los pasos del dios no resonaban contra la piedra
del suelo. Al parecer, a pesar de su apariencia, la piel del dios era flexible
y blanda.
Tezcatlipoca
comenzó a recorrer la estancia con la mirada de nuevo. Esta vez se tomó su
tiempo para observar a cada individuo. Cuando llegó el turno de Tlaneci, este
se envaró. Ser observado por el dios era una experiencia enervante. Además de
que parecía una estatua, los ojos del dios eran extraños. Tanto la pupila como
el iris eran completamente negros, y tenían una forma alargada de manera
vertical. Lucían como ojos felinos, pero las puntas estaban afiladas como
cuchillos. Esa era la impresión que tenía Tlaneci: dos cuchillos negros de
obsidiana que lo observaban.
Tezcatlipoca
desprendía un aire confiado, seductor. Era hermoso y poderoso… y lo sabía.
El
dios comenzó a bajar por los escalones. Al verlo descender, Tlaneci se dio
cuenta de que su enorme tamaño estaba pensado para los dioses.
—Bien —dijo
Tezcatlipoca con su voz susurrante—. ¿Cuál es el sacrificio de hoy?
La
deidad se aproximó a la fila de nuevos reclutas ocelopilli sin apartar sus ojos
de Tlaneci. Extendió un brazo y posó una enorme mano negra sobre el hombro del
joven. La mano era tan grande que le cubría el brazo desde el hombro hasta casi
llegar al codo. La piel del dios era increíblemente suave… y caliente. Muy
caliente. Era como tocar una piedra que hubiera sido dejada al sol mucho
tiempo. No iba a quemarle la piel, pero resultaba apenas soportable.
—¿Acaso
será él?
Un
silencio tenso se extendió por la estancia. El corazón de Tlaneci comenzó a
aporrearle el pecho como un tambor de guerra y le flaquearon las piernas.
Mientras luchaba por mantener la compostura, su mente corría de un pensamiento
a otro como una liebre asustada. ¿El sacrificio de la iniciación iba a ser uno
de los reclutas? Nadie lo había mencionado. Usualmente los sacrificios eran
hombres de los pueblos vasallos del Imperio, o prisioneros de guerra. Pero a
los dioses les gustaba que los sacrificios fueran grandes guerreros, y los
ocelopilli eran definitivamente excelentes guerreros, mejores que la mayoría.
Tlaneci concluyó que
si iban a sacrificar a alguno de los nuevos, sólo podían usar al mejor. El
terror se alojó en su corazón. ¡Su comandante le había dicho que él era el
mejor bajo su mando! Tal vez también era mejor guerrero que los otros a los que
no conocía y Tezcatlipoca lo había notado.
«Un momento —pensó,
la mente de pronto calma —. Tezcatlipoca en persona me está reconociendo como
un gran guerrero».
¡Un dios lo estaba
elogiando! Ese reconocimiento era el mejor que recibiría en toda su vida.
Una vida que estaba
por terminar.
El pánico volvió,
pero Tlaneci se aferró a aquel cumplido con la fuerza de voluntad renovada. Las
enseñanzas de sus maestros en el telpochcalli resonaron en su mente. «Es un
honor ser un sacrificio —recordó—. Significa que eres tan buen guerrero que los
dioses se fijan en ti».
Esos pensamientos
calmaron a Tlaneci. Su nerviosismo no desapareció, pero ya no estaba aterrado,
de hecho estaba emocionado. ¡Tezcatlipoca lo había seleccionado como sacrificio!
Tlaneci se irguió y
sacó pecho.
—Si así lo desea
—dijo con una voz más firme de lo que esperaba—, será un honor servirle de
sacrificio.
La leve sonrisa del
dios se ensanchó, mostrando unos negros y lustrosos dientes puntiagudos.
—Excelente.
Al lado del dios, su
sacerdote observaba a Tlaneci con una ceja alzada. Parecía impresionado por su
ofrecimiento.
—No esperaba menos
de un aspirante a ocelopilli —el hombre santo acompañó su comentario con una
sonrisa enigmática. ¿Se estaba burlando de él?
A su alrededor, los
otros reclutas se removieron inquietos. Tal vez pensaban que ellos no hubieran
aceptado. Tlaneci sintió el orgullo llenar su pecho, pero no permitió que se le
subiera demasiado. Después de todo, había estado a punto de negarse.
—Acepto tu cuerpo
como ofrenda, valiente guerrero —recitó Tezcatlipoca.
Tlaneci apretó la
mandíbula y se mantuvo firme. El dios retiró la mano de su hombro y la cerró en
un puño, dejando extendido únicamente el dedo índice. Con un movimiento pausado
Tezcatlipoca aproximó la punta de su dedo al pecho de Tlaneci hasta tocarlo con
gentileza.
«Oh, no».
Su mente fue
invadida por una apremiante sensación de alarma. Algo andaba mal. Muy mal. Su
cerebro le gritaba que huyera, que debía zafarse de la cosa horrible que lo retenía.
Esa cosa era su
cuerpo.
Quería correr,
quería gritar... Quería morir. La muerte significaría el final de aquel
retorcido sufrimiento difuso. Pero no podía moverse. Ni siquiera podía
respirar. Se preguntó si seguía vivo. Aún podía ver al dios frente a él, pero
se sentía extrañamente desapegado de su propio cuerpo.
Tezcatlipoca separó
la punta de su dedo del pecho de Tlaneci y, con cuidado, comenzó a alejar su
mano. Al mismo tiempo, el joven guerrero sintió que algo en su interior se
movía siguiendo la mano el dios.
Era su corazón. El
corazón de Tlaneci estaba siendo extraído de su cuerpo mediante magia,
como lo había hecho el sacerdote de Tezcatlipoca. Pero algo era diferente. El
guerrero totonaca había arqueado la espalda y fue necesario que dos personas lo
sujetaran. Nadie estaba sosteniendo a Tlaneci. De alguna forma el dios lo había
inmovilizado.
Una protuberancia
palpitante apareció en el pecho de Tlaneci. El joven esperaba que Tezcatlipoca
le hiciera un corte en la piel para exponer el órgano, como había hecho su
sacerdote. Sin embargo, eso no sucedió. Su corazón se limitó a salir a través
de la piel como si esta fuera líquida.
El dios colocó su
enorme mano frente al pecho de Tlaneci con la palma hacia arriba, y el órgano
se posó gentilmente en ella latiendo a un ritmo fuerte pero tranquilo. La mano
de Tezcatlipoca era tan grande que el corazón se veía pequeño en ella.
Tlaneci
seguía aterrado, pero se mantuvo calmado repitiendo una y otra vez que era un
honor entregarle su corazón al dios. De pronto la sensación de malestar
disminuyó ligeramente. Lo que sea que andaba mal con su cuerpo remitió en la
zona de sus ojos. Tlaneci se dio cuenta de que podía moverlos de nuevo. Fijó su
mirada en el rostro de Tezcatlipoca, y al hacerlo sus ojos volvieron a quedar
inmóviles.
El dios portaba esa
confiada media sonrisa que Tlaneci había llegado a considerar característica en
él. Los ojos de Tlaneci, sin embargo, estaban fijos en los negros ojos de
Tezcatlipoca. De un momento a otro el miedo del muchacho comenzó a desvanecerse
como niebla bajo el sol. Había algo cautivador en aquellos ojos felinos. De
cerca pudo ver que no eran completamente negros, estaban jaspeados de un verde
muy oscuro, y brillaban al calor de las antorchas.
La estancia comenzó
a difuminarse desde la periferia de su visión y avanzando hacia el centro.
Pronto lo único que pudo distinguir claramente fueron los ojos de Tezcatlipoca.
Eran
hermosos.
Si el cuerpo de
Tlaneci se hubiera podido mover, seguramente tendría pintada una sonrisa
bobalicona. Pero mientras su corazón era extraído y devorado, él solo podía
quedarse ahí, de pie, viendo a los ojos al dios. Aquellos cautivadores ojos
negros cuyas vetas verdes… ¿se movían?
Sí. Ahora podía
verlo. Era muy sutil, pero estaba ahí. El color verde de sus ojos se movía,
arremolinándose como humo. Pero había algo más… Figuras. Había siluetas humanas
que se movían tras el humo. No… No se movían tras el humo verde, las figuras
estaban hechas de humo. Todas tenían perfiles musculosos y se erguían con
orgullo. Y todas parecían tener algo en el pecho, un bulto que lucía más sólido
que el resto de sus vaporosos cuerpos. De hecho parecía que el humo verdoso se
arremolinaba alrededor de esos bultos, formando las figuras a partir de ellos.
«Sacrificios —pensó
Tlaneci sorprendido—. Son los corazones de los sacrificios».
El alma de los
guerreros que morían en batalla era transportada al Tonatiuhichan, la Casa del
Sol, para disfrutar de una eternidad de placer y deleite. Era el sueño de todo
guerrero. Pero, al parecer, el destino de Tlaneci sería distinto.
Tezcatlipoca, uno de
los cuatro dioses creadores, uno de los pilares de la creación misma, iba a
consumir su corazón y Tlaneci se volvería parte de él. A grandes rasgos sería
casi lo mismo que ir al Tonatiuhichan. El cielo de los guerreros era un lugar
de eternidad, y Tezcatlipoca, como fuerza primigenia, también era eterno. Pero
había una diferencia importante: el dios era una fuerza consciente. En vez de
pasar la eternidad en un lugar estático, Tlaneci iba a pasarla siendo parte de
algo cambiante, de algo poderoso que gobernaba el mundo. Tenía la sensación de
que su mente se disolvería hasta desaparecer dentro del dios, pero su corazón
seguiría existiendo dentro de él.
La violenta urgencia
que había sentido en un principio por escapar de su propio cuerpo y huir, se
había transformado en urgencia por ser consumido por Tezcatlipoca. Este era su
destino y lo aceptaba. Era el mejor destino que cualquiera podría desear. No
había nada mejor, ahora estaba seguro de ello.
La alegría estalló
dentro de Tlaneci cuando el dios se agachó para llevarse su corazón a la boca.
Tezcatlipoca se
detuvo.
Un ruido lo había
distraído. Los sentidos de Tlaneci estaban embotados y apenas había podido
distinguir lo que pareció ser alguien aclarándose la garganta. El dios alzó la
cabeza hacia su izquierda. En cuanto los ojos de Tezcatlipoca desaparecieron de
su presencia, el mundo comenzó a recuperar nitidez desde el centro hacia las
orillas. Y junto con lo borroso de su visión, también desapareció la urgencia
de Tlaneci por ser sacrificado.
—¿Qué está pasando?
—inquirió una voz autoritaria a la derecha de Tlaneci. La reconoció como la voz
Emaztle Imatl, el huey tlatoani, gobernante máximo del Imperio
Mexica. Tlaneci solo veía una silueta en la periferia de su visión, pues no
podía girar los ojos.
—Hola, Emaztle —lo
saludó casualmente el dios.
—Hola, oh huey
Tezcatlipoca —dijo el gobernante con la voz cargada de sarcasmo—. Nos honras
con tu presencia y bla, bla, bla… —luego añadió en tono de regaño— Ese parece
uno de los nuevos reclutas.
¿Había oído bien?
¿El huey tlatoani, un simple mortal, acababa de hacer un saludo burlón a un
dios?
—En efecto —dijo
Tezcatlipoca, irguiéndose cuan largo era.
«¡Nó! —pensó
Tlaneci, entrando en pánico— ¡Vuelve! ¡Cómete mi corazón, por favor!».
—Parece que lo estás
sacrificando —comentó el gobernante—, pero mis ojos deben estarme engañando,
pues los sacrificios de hoy ya habían sido asignados…, y ninguno era mexica.
Sí, debe ser que el humo de las antorchas no me deja ver bien. Porque,
obviamente, uno de los Cuatro Grandes no podría estar cometiendo la idiotez de
tomar un sacrificio equivocado. ¿Verdad?
—Verá, señor…
—intervino uno de los sacerdotes, pero lo interrumpió el dios.
—Por supuesto que no
me confundí. Sucede que estábamos por comenzar el ritual cuando este valiente
joven se ofreció de voluntario.
—¿Es eso cierto?
—preguntó el huey tlatoani a Tlaneci.
La misteriosa fuerza
que sostenía su cuerpo lo dejó libre del cuello para arriba. Tlaneci giró la
cabeza hacia el monarca e intentó responder pero no le salió la voz. Terminó
asintiendo. No era del todo verdad, pero ahora que tenía la oportunidad de volverse
parte de Tezcatlipoca no la iba a perder.
El
huey tlatoani torció la boca en un gesto de desaprobación.
—Hice
mal en preguntarle a él. No puedo confiar en su testimonio ahora que lo has
hipnotizado —se volvió hacia los sacerdotes—. Y tus perros siempre te solapan
—se volvió hacia los congregados—. ¿Este joven —apuntó a Tlaneci con un dedo—
se ofreció como sacrificio?
La
estancia se quedó en silencio durante un largo instante. Todos voltearon a ver
al dios y luego comenzaron a asentir.
El
monarca suspiró con exasperación.
—¿Pero
qué estoy haciendo? Todos te temen, así que ninguno de sus testimonios es
válido.
La
sonrisa del dios se desvaneció.
—No
aceptas el testimonio del sacrificio. No aceptas tampoco el de una sala
llena de respetables guerreros. Insultas a tres hombres santos asegurando que
mentirán. Y te niegas a aceptar, además, la palabra de un dios —su voz se tornó
atronadora al pronunciar la última palabra, era como oír hablar a una
tormenta—. ¿Quién eres tú, mortal, para poner en duda mi palabra? —los ojos de
Tezcatlipoca comenzaron a exhalar humo verdoso.
«Estamos
todos muertos», pensó Tlaneci.
—Soy
alguien muy ocupado —contestó el monarca sin inmutarse—. Debo estar presente en
una ceremonia para Tláloc al anochecer y comienza a hacerse tarde. Así que
suelta a ese pobre muchacho y comienza con la ceremonia.
—Sabes
que puedo matarte sin ningún esfuerzo, ¿verdad? —atronó el dios—. Puedo matar a
todos los presentes. ¡Yo hice surgir el continente entero desde las entrañas
del océano y puedo volver a hundirlo en cualquier momento!
Ahora
que Tlaneci podía mover la cabeza, su vista pasaba del dios al monarca durante
la conversación. Vio al huey tlatoani alzar una ceja ante la última afirmación
del dios.
—Según
sé —dijo el monarca—, Quetzalcóatl te ayudó a crear el continente.
—Y ni siquiera lo
crearon ellos —terció uno de los dos sacerdotes de ojos normales. Sonreía como
si estuviera aguantando la risa—, simplemente mataron a la bestia marina
Cipactli, la tendieron sobre el océano y la llamaron continente —se carcajeó
como si acabara de contar un chiste desternillante—. Por si no lo sabían
—continuó—, esa es la razón por la cual el espíritu vengativo de la madre
tierra nos odia.
El dios le lanzó una
dura mirada a su sacerdote.
—Pero gracias por
crear el mundo —dijo el sacerdote de los ojos negros. Luego añadió con una
sonrisa pícara—. Claro que si hubieran hecho lo que les encargó el gran
Ometeotl y creado el continente, no tendríamos que preocuparnos de que
nos odie la misma tierra que pisamos.
—¿Se van a
poner de su lado? —atronó el dios.
—El único lado es el
de la verdad —replicó el sacerdote—. Y la verdad es que no queremos molestar al
huey tlatoani, después de todo él asigna el presupuesto para los templos.
—¡Yo soy el origen
de sus poderes!
—También es el
origen de muchos de nuestros problemas.
Tezcatlipoca propinó
un revés a su sacerdote y este se desmoronó en una pila de maíz. Todo quedó en
silencio durante un momento. Luego la pila de maíz tomó la silueta de un hombre
y el sacerdote volvió a la normalidad.
—Si ya terminaron de
jugar —intervino el huey tlatoani irritado— ¿podemos comenzar con la ceremonia?
—¡Humano
insolente, yo...!
—¿Y
podrías dejar de ser tan dramático? Tus gritos me están dejando sordo.
—Tu
muerte será lenta y…
—Si
me quisieras muerto —interrumpió de nuevo el monarca— ya lo estaría. Además,
ustedes los dioses necesitan a alguien que organice las cosas y mantenga los
sacrificios fluyendo, pues, como la historia de Cipactli demuestra, son
demasiado perezosos para hacer las cosas como es debido. Y de momento soy el
único capaz de gobernar adecuadamente, así que déjame hacer mi trabajo o mátame
de una vez y arréglatelas como puedas.
»Solo
recuerda —añadió—, que tendrás que explicarle a Quetzalcóatl por qué mataste a
otro huey tlatoani sin una buena razón.
—¡No
metas a mi hermano en esto! —rugió el dios. Luego extendió una mano hacia el
monarca y el humo verdoso que salía de sus ojos se retorció en el aire. Dejó de
ascender perezosamente hacia el techo para echarse sobre el huey tlatoani, envolviéndolo
por completo. El hombre comenzó a toser violentamente y el humo disminuyó de
manera visible. Tlaneci se dio cuenta de que el humo estaba entrando a la
fuerza por la nariz y la boca del monarca. Pronto todo el humo verdoso
desapareció dentro del hombre, que no dejó de toser.
—Tienes
razón —dijo Tezcatlipoca—, no me sirves muerto.
—¿Qué me hiciste?
—preguntó con voz ronca.
—De ahora en adelante
tu descendencia estará maldita.
El gobernante se
tomó unos momentos para recuperar la voz.
—¿Ya estás a gusto?
—le preguntó al dios. Su voz aún estaba algo ronca pero había recuperado la
compostura.
Tezcatlipoca alzó
una ceja con curiosidad.
—Hmm… Supongo que
sí.
—Bien —asintió el
monarca—. “De ahora en adelante tu descendencia estará maldita” —repitió para
sí mismo, luego fijó su mirada en el dios—. ¿Eso significa que los hijos que ya
tengo no estarán malditos?
—Eh… Sí, eso creo
—contestó Tezcatlipoca. Su voz había vuelto a ser suave y sus ojos ya no
echaban humo.
—¿Eso crees? ¿Eres
el patrono de los nahuales y no sabes cómo funcionan tus maldiciones?
Tezcatlipoca
esgrimió su media sonrisa.
—Me sigue
sorprendiendo lo bien que encajas mis pullas. Quise decir que tienes razón:
solo tu descendencia de aquí en adelante estará maldita.
—Creo que considerar
una “pulla” el maldecir a alguien es lo que hace que todos te tengan miedo. En
fin, ¿en qué consiste esa maldición? —su pregunta parecía tener más un interés
académico que otra cosa.
—Es
un secreto —replicó el dios al tiempo que ensanchaba su sonrisa.
El
tlatoani suspiró.
—Supongo
que sería demasiado pedir que no mates a mis herederos actuales. No son muy
listos, lo acepto, pero cuando menos no están malditos.
—No
te preocupes, dejaré tranquilos a tus tlatoanitos. Pero si crees que bastará
con que no te reproduzcas para evitar la maldición, te aviso que incluye una
incontrolable lujuria.
—Me
lo imaginaba —hizo un gesto despectivo con una mano—. ¿Podemos comenzar con la
ceremonia?
—Por
supuesto.
Tlaneci
vio a Tezcatlipoca agacharse para engullir su corazón.
«¡Por
fin!».
—¡Alto!
—lo reprendió el huey tlatoani— ¡Nada de sacrificios extra!
Tezcatlipoca
sonrió ante la insolente valentía del gobernante. Luego soltó el corazón de
Tlaneci, y éste volvió a hundirse en su pecho.
«¡No!».
La
fuerza que retenía el cuerpo de Tlaneci no desapareció de inmediato.
Tezcatlipoca volteó a verlo.
«No
te preocupes —dijo la voz del dios en la cabeza de Tlaneci—. No dejaré que tu
alma se desperdicie en el Tonatiuhichan. Un día te reclamaré como mío… al igual
que a él», volteo a ver al huey tlatoani.
Tlaneci
se relajó al saber que un día formaría parte del poder del dios. También se
emocionó al saber que, además de aquel enorme privilegio, podría tener una vida
como ocelopilli.
La
fuerza que lo sostenía desapareció.
La
ceremonia se llevó a cabo, pero Tlaneci la veía distante, como en un sueño. Los
sacerdotes hicieron traer más sacrificios, uno para cada recluta nuevo, y los
formaron frente a ellos. El sacerdote de los ojos oscurecidos usó su magia para
exponer los corazones de los sacrificios uno a uno.
Tezcatlipoca
tomó un cuenco que le pasó uno de sus sacerdotes. Usó una de sus garras de
obsidiana para hacerse un corte en la muñeca y derramó su sangre dentro. A
Tlaneci le pareció raro que la sangre del dios fuera roja. Cuando el cuenco se
llenó, la herida simplemente se cerró. El sacerdote fue pasando el cuenco y
cada recluta tomó un sorbo.
Cuando
Tlaneci bebió, sintió dentro de él un poco del poder que había visto tras los
ojos de Tezcatlipoca. Los demás sonreían como si se hubieran vuelto
invencibles, pero Tlaneci sabía la verdad: eso no era ni una pizca del
verdadero poder.
La
última parte de la ceremonia consistió en los sacerdotes cortando los corazones
y entregándolos a los reclutas para que los consumieran. Tlaneci comió el suyo
sin mucho interés, pero sin problemas. De hecho, el corazón sabía muy bien.
Ahora la sangre le
resultaba muy apetecible.
Fin.
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